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La importancia de ser mexicano

Nimiedades, ridiculeces y otras impertinencias Por Raúl Bravo Aduna
Agosto del 2009

México se ha convertido en campeón del subdesarrollo. Por difícil (y disímil) que parezca, nuestro país muy a pesar de ser la doceava economía mundial (onceava si no se cuenta a la Unión Europea), “ha hecho del subdesarrollo una especialidad profesional que lo distingue en el concierto de las naciones”, como bien dice Gabriel Zaid. No es fácil, hay que reconocerlo. Llegar hasta donde hemos llegado, con todo lo que hemos tenido, ha requerido de un gran esfuerzo. El arrojo ha sido parejo, todos le entramos con ganas para conseguirlo: políticos panacéicos cuanto revolucionarios, sociedad civil desentendida, jóvenes antreros y anoréxicos, escritores vanagloriados, futbolistas que salen en la portada del TvNotas, et caetera. Aún así, también se vale quejarse y preguntarnos, con inocente honestidad por supuesto, ¿por qué estamos tan jodidos? La respuesta es compleja e históricamente incontestable. Cualquier intento se queda, casi siempre, bastante corto; todo termina en perspectivismos y reduccionismos, obviamente tautológicos. (OJO: cualquier otro “ismo” de su preferencia puede funcionar igual.) Pero al final, por (i)lógico que parezca, la respuesta se encuentra escondida a la vista. Todos nuestros problemas se pueden encontrar englobados en una palabra: telarañas.

Desde que tengo memoria, siempre que le contaba a mi madre sobre mis distintos inconvenientes existenciales (como “¿mami, por qué Pedrito envidia que saqué 10 en español si el sacó 10 en mate?” o “¿por qué Juanito no le echó todas las ganas que pudo en el partido, si íbamos perdiendo?”), ella respondía con grandilocuente sabiduría lo siguiente: “telarañas, Raulín, puras telarañas que tiene la gente en la cabeza”. Y es verdad, por nimio que parezca, todos nuestros obstáculos se encuentran, más allá de la realidad, en ese complejísimo entramado que tenemos por cerebro. Es más sencillo vivir con handicap incluido. La tentación de la inocencia, como escribió Pascal Bruckner, siempre será más cómoda. Nos encanta echarle la culpa a todo lo demás, para justificar nuestra desidia: “pobrecito, es que le faltaban sus taquitos en Francia, entonces tuvo que regresar a México”; o “ay, siempre le dieron todo sus papás, se mal acostumbró a no hacer nada”; o “es que no se puede tener un director técnico sueco (ni mexicano, ni comorano, ni británico, ni de ningún lado al parecer), como no conoce nuestro fútbol, hace que perdamos”; o “no tiene una mano, no se le puede pedir que haga algo”; o “es que sus papás se divorciaron cuando era pequeño, entiéndelo”; o “no puedes ser su amiga, ¡cómo crees!, es tu exnovio”; los ejemplos siguen y sobran, pero creo que queda claro.

Lo cierto es que sí se puede salir adelante de (casi) cualquier situación. Mi madre, por ejemplo, salió de pobre y ha sido exitosa sin una mano y fue sorda hasta los treintaytantos años. Ha logrado todo lo que se ha propuesto, porque, precisamente, vive sin telarañas en la cabeza. Ella nunca se vio muy distinta de los demás, por extraño que parezca; siempre hizo (y sigue haciendo) todo sin decir “ay, es que como me falta una mano no puedo hacerlo”. Pero es un caso casi único, lo cierto es que siempre se podrá echarle la culpa a algo más por nuestros fracasos: la crisis, el presidente, México, la pobreza, los partidos políticos, la riqueza, la selección mexicana —no es broma, alguna vez escuché a un compañero decir que reprobó un examen porque estaba muy triste por la derrota del Tri—, la estupidez, la hueva, etc.; siempre estarán ahí para salvarnos cuando la culpa apunta a nosotros.

Así, nuestro país se caracteriza por vivir en una profunda mediocridad. Los políticos están más preocupados por sus copetes que por el país, la selección pierde, los universitarios ni saben leer —bien diría Rafael Pérez Gay que “los libros están más cerca de los baños que de las universidades”—, los ciudadanos carecen de todo interés por la res publica, las escuelas se vanaglorian por su nombre (nada más), los escritores se preocupan más por la publicidad que por el acto mismo de escribir, la crítica no existe, la gente va a votar por el PRI otra vez, los jóvenes sólo quieren idiotizarse en antros escuchando al grupo de moda que Televisa les ofrece… Y todos, pero todititos, tienen alguna razón de peso para hacerlo.

Las cosas así siguen y, probablemente, así seguirán. El cambio nos da miedo y un poco de asco; y con razón, pues los cambios suelen ser paulatinos y dolorosos. No tenemos tiempo para permutar; no tenemos interés en hacerlo. Si no hay resultados rápidos, no vale la pena ningún tipo de acción. “No estamos tan mal, podemos aguantar un poco más”, dirían los más indolentes. Lo mejor de todo es que, paralelamente, la gente se va a quejar y se va a encabronar porque no hay cambio. Pero así somos. Así queremos ser. Así como en The Importance of Being Earnest, de Oscar Wilde, la palabra “Ernesto” adquiere un papel fundamental para que las personas sean honestas, serias y decentes; para nosotros el adjetivo “mexicano” marca, terriblemente, la mediocridad a la que estamos condenados. Sin embargo, se puede estar en la mierda y no embarrarse… aunque a estas alturas, parece que ya la tenemos hasta el cogote y nada se podrá hacer al respecto.

 

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