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Imposible

Nimiedades, ridiculeces y otras impertinencias Por Raúl Bravo Aduna
Septiembre del 2009

 

Me piden que corrija un texto y siento que me piden lo imposible. Al menos, en el plazo requerido. Bien decía Octavio Paz que, al corregir, es “imposible herir un vocablo sin herir todo el [texto]; imposible cambiar una coma sin trastornar todo el edificio.” Corregir es re-crear, y en ocasiones no parece prudente hacerlo. Las palabras que el escritor escoge para cierto ensayo, cuento, novela, poema, reseña, etcétera, no siempre son las perfectas, pero sí las necesarias: las suyas. Expulsa, quizá cual diarrea, lo que lleva dentro y desea contar, si es que tiene algo que contar. Así pues, aunque terrible, o desmayado, un texto no siempre podrá ser corregido (aunque sea un simple ensayito). Hay ocasiones en las que es mejor, sin duda, dejar que se quede como un fragmento, un retazo en el olvido, que a lo mejor algún día construirá otro edificio. O no, en realidad da igual.

Regreso al ensayo. Los comentarios de la editora son más que ciertos. Pero ¿cómo volver a peinar al recién nacido que acaba de ser despeinado? ¿Cómo imaginar una construcción diferente del mismo? Uno escanea las palabras y lo nota: el texto es una mierda. Pero ¿qué hacer? Al escribir, no se piensan fragmentos aislados del texto en construcción. Aunque en el momento de garrapatear el escritor todavía no sepa exactamente qué palabras usará, la estructura (en su mente o en notas) está articulada. Y, precisamente, las palabras fluyen completando, y concretando, lo ya erigido. Es imposible pensar que se tienen escritos, por ejemplo, los puntos A, B, C y D sin ningún tipo de pauta; y que lo único que hace el escritor es rellenar con paja las distancias entre cada punto. No, la maraña de palabras que depone, al escribir, son un conjunto, un todo, al que le es imposible sobrevivir, como tal, con la más mínima corrección.

Lo dicho hasta ahora no es del todo cierto, y estoy consciente de ello. Sucede que en el proceso creativo, el escritor mueve, transforma, cambia, destroza, busca, reordena, viola, transgrede, mutila, crea (a veces), embelesa, magnifica, disminuye, agrupa palabras. Corrige sobre la marcha. Corrige, también, una vez terminado el texto. Pero la mayoría son correcciones menores: alguna coma, algún acento, la reestructuración de algunas frases, etcétera. Sin embargo, es extrañísimo imaginar al escritor cambiar sus argumentos (en el caso de un ensayo), sus metáforas (en el caso de un poema), sus ejemplos (en el caso de una reseña, quizá), su desenlace (si es un cuento), o sus analepsis y prolepsis (en una novela). ¿Por qué? Por estupidez me queda claro que no. Tal vez, es simple vanidad. Quizá, es por pereza. Acaso, es por rebelarse al mundo (o séase: al editor).

Y así, me piden que corrija un texto y, en este caso particular, me parece que me piden lo imposible. Me siento mal. Me siento desidioso. Me siento un mal escritor (si es que se me puede llamar así). Incluso, durante este último párrafo he regresado al texto anterior y he intentado hacer las correcciones: No puedo, no por ahora. Esta vez, iba a hablar sobre la responsabilidad y terminé haciéndolo de cómo no hablé de ella; es decir: de cómo no fui lo suficientemente responsable como para corregir un simple ejemplo que partía, y desmayaba, mi ensayo. O, quizá, he sido demasiado responsable, al no dejarme regresar a cambiar lo incambiable; a realizar, lo que por lo pronto, para mí, parece lo imposible

 

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