Los reyes sapos
Ventana Opuesta
Por Sara Bertrand
Noviembre del 2009
Mi primer amor fue una preciosura rubia de metro cincuenta y nariz respingada que cruzaba por enfrente de mi casa parando rueda en su bicicross. Rara vez se dignó a ofrecerme una mirada de aliento aunque sabía que él sabía que lo estaba mirando. Es decir, nuestras sincronías nos delataban, pues bastaba que pusiera un pie en el jardín o saliera a la calle a andar en patines para que él apareciera bólido. Yo lo veía pasar con sus pelos dorados y mi mente púber de 12 años lo convertía en la imagen ochentosa del príncipe azul montado en su noble corcel. Hucke, le decían y para mí ese apodo reunía todo lo que esperaba que el mundo me ofreciera: amor, pasión, sueños. Hucke, Hucke, repetía de noche mirando por la ventana que daba a la calle invocándolo a que apareciera montado en su bicicross y por una bendita casualidad se le ocurriera tocar el timbre de mi casa para invitarme a dar una vuelta y en una curva me estampara un beso de amor. Por supuesto que eso nunca ocurrió. Lo más cerca que estuve de ese beso de amor verdadero fue una tarde que jugamos al “beso o patada” con los chicos del barrio. A la cuenta de diez todas las mujeres salimos corriendo despavoridas, yo más que ninguna porque era buena para atletismo, sobre todo en pruebas de velocidad, pero más que nada porque aunque anhelaba ese beso, prefería que me partiera un rayo antes de darle a entender que esperaba lo que de hecho estaba esperando. El problema es que él también era atleta, de esos seleccionados que ganaban medallas, así es que la nuestra fue una corrida épica y, mirándola con otros ojos, podría decir también que esa carrera me demostró que pese a los siglos que llevamos de desarrollo de nuestra raza humana, pese a la liberación femenina, a los anticonceptivos y a la igualdad en el trabajo, en momentos como estos seguimos comportándonos como primates. Es decir, vamos tras el macho dominante –o la hembra ídem– pavoneándonos en un juego que tiene de plumas y gritos guturales y lo hacemos sin que se nos arrugue la nariz porque a Hucke no le había escuchado más que un par de balbuceos indescifrables y las escasas veces que estuvimos a cerca, recibí como sumo empujones o zancadillas de su parte. Lo que quiero decir es que en los primeros acercamientos amorosos de los seres humanos priman variables que tienen que ver con cuestiones ancestrales o de supervivencia de la especie por sobre un interés real por la persona del sujeto deseado, ¿se entiende? En fin, volvamos a la corrida memorable. A la largada y sin preámbulos, Hucke se fue detrás de mí y yo desafiando todas las órdenes de mi madre, crucé más allá de la cuadra, más allá del parque, corrí y corrí como un energúmeno, como si el mismísimo diablo me viniera persiguiendo. Pero me dio alcance, veinte cuadras más allá. Me tomó del brazo con fuerza y me obligó a detenerme, jadeante, apenas podía hablar, roja y sudada por el esfuerzo. Él sonrió orgulloso de su logro, me imagino, seguro del premio que le esperaba y me preguntó: ¿beso o patada? Sentí cómo se me apretó el estómago, cómo en mi cara rebozaba de vergüenza, porque realmente quería decir beso, se plasmó la duda, así es que callé. En ese momento en que éramos él y yo parados en medio de una calle desconocida sin que nadie pudiera vernos ni reconocernos, en ese momento que constituía la concreción de todos mis anhelos, dudé. “Beso o patada”, repitió Hucke. Tímidamente y sintiendo que me arrepentiría el resto de mi vida dije patada. Él me miró boquiabierto, es decir, de haber sido al revés probablemente le hubiese dado una bofetada a la chica, pero él permaneció mudo mirándome. ¡Tanto tiempo en el tira y afloja! ¿De qué habían servido esas horas que perdió encaramándose en su bicicross para desafiar la gravedad en una sola rueda? ¿Para qué asomarse a la ventana –como lo hizo tantas veces– para verme pasar patinando frente a su casa sabiendo que yo sabía que él me espiaba? ¿Todo para que llegado el momento dijera patada? Era para no creérselo y pienso que no se lo creyó porque me volvió a preguntar: ¿patada? Asentí con un movimiento de cabeza y el corazón desecho, pero no podía decirle beso, porque solo en ese momento que lo tuve frente a mí, supe que una vez que le diera ese beso acabaría todo, que ese era el principio del final. Me soltó la mano y me dio un golpe desganado. Poco tiempo después partió junto a su familia a vivir a Estados Unidos. No lo volví a ver, aunque soñé con él miles de veces. En algunos lo imaginaba el hombre de mi vida, aquel que vendría a rescatarme haciendo malabares con su bicicleta, pero el amor es bastante más complejo que un tipo chulo arriba de su bicicross. Digo, que a veces golpea con una furia que es ineludible y perdemos la cordura, el horizonte y todo lo demás por ir detrás de una preciosura de nariz respingada, pero en efecto, con el tiempo y la garuga –como decía mi abuela– uno comienza a amar otras cosas. Con los años el macho dominante, ese cabrón que nos hacía sufrir a punta de indiferencia, golpes y patadas, cede ante los sapos, sapos que se convierten en príncipes bajo la mira única del amor, sapos que son irremplazables porque destilan una unicidad exquisita en cada detalle y amamos esos detalles de nuestro sapo avenido en príncipe y rápidamente nos damos cuenta de que estamos rodeados de sapos y que una misma es una rana y que de no ser por la mirada de ese sapo en particular, nadie en este mundo descubriría que dentro de una descansa una princesa.
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Gracias por traer a cuenta está "evidente verdad" y, en lo personal, dibujar una sonrisa.