Escribe un cuento erótico para mí
Di-Vagando
Por Jorge Carmi
Marzo del 2010
Se afiebraba por enviarle un mail a la escritora; pensaba en veinte mil dólares. “Escribe un cuento erótico para mí” “envíame el título y sobre esa base lo escribo. Son cuatro mil y es una página” “Pienso en veinte mil” “Me erotiza; pones la vara muy alta” “Está acondicionado” “Habla” “Tus relatos me ponen en frenesí, me acaricio al leerte; me revolotea la fantasía alucinante que lo escribas delante mío, en mi casa de la montaña y a medida que corra tu inspiración, con el deslizar de tus manos, tu cabello danzando al giro de tu cabeza al compás de traspasar tu erotismo candente a la pálida página, tu rostro con las líneas marcadas de sensualidad, tus labios saboreando la imagen que danza en tu mente y pugna por salir y tu lengua recorriendo tus labios como si acariciasen una fruta prohibida y tus ojos de fuego en un compendio lujurioso de la expresión del rostro; tu cuerpo en contorsión incesante, tu trasero alzándose de la silla y tus piernas oprimidas una contra la otra macerando tu grieta. En esa danza quiero aunarme absorbiendo tu sensualidad corporal y creativa, tu aroma. Quiero leerte en vivo. El cuento será tu obra; serás mi modelo, mi piel será el lienzo y yo el pintor” al acariciarme con tu escribir sensual. “Has escrito un delicioso cuento breve en tu solicitud; me pagas por algo que haré con deleite; Serás culpable si yo me acaricio también”. La residencia del lector sin ser dispendiosa, tenía espacios relajados y un creativo diseño. Se encontraban en la sala de estar, como dijo el hombre, la montaña nevada como que se abalanzaba sobre la casa, era contenida por un añoso árbol en primer plano. Él, bordeaba los cincuenta, complexión mediana, lo extraía de ser un hombre común lo acerado de sus ojos, el rictus de determinación y lo ágil de su desplazar. No parecía un “Acariciador de sí mismo” Es que se ve caras y no interiores. Ella, en la treintena, ojos verdes pestañas largas seno breve, trasero erecto y prieto; líneas armónicas. Lucía más como protagonista de sus relatos que su diseñadora. Vestida con una capa etérea sobre su ropa interior recatada, diseño refinado; escribía en tal atuendo por comodidad y en un mimetizarse con el argumento en trato; se sentía al borde del despliegue lúdico que emanaba de su escribir, la luz era escanciada suave por cortinas de seda, que le pidió, una mesita de caoba y su netbook. El entorno era lo más similar, que pudo reconstruir, a su Studio. En gesto ritual, echó su cabello que le cubría a medias el rostro de pómulos aguzados por sobre su espalda, empezó a lanzar hormiguitas negras que corrieron a ubicarse sobre la página virgen. Él; desnudo, un pie adelantado, el cuerpo levemente agazapado; los brazos prontos a la acción, la mirada fija en la muchacha. Iniciado el tecleo, las yemas hicieron lo propio en el desierto de la piel ávida de sensaciones “Aquí y Ahora” La escenificación era distinta hoy a la de lector, acariciarse con el cuento ya escrito. Esparció la hembra su imaginación sobre la página y en la calentura del hombre. “-Quiero pintarte en tu esplendor, le dije –Se desplazaron las hormiguitas en su ascenso a la narración solicitada- nunca he pintado personas. –Ella asintió con un descender de párpados y revoloteo de pestañas- Yo, pintor de árboles, llanuras y nieve, dispuse los pinceles y me acerqué a la mujer desnuda y de cuerpo caliente; ella era mi tela; la sensualidad me reverberaba aún antes de tocarla” La escritora imaginó las líneas siguientes que danzaban en su imaginación y éstas estamparon su huella caliente en su rostro y en un levantar de talones y oprimir el piso con los dedos de los pies desnudos, en simbiosis con las líneas escritas. Se aunaron ella y el relato. El “Lector-pintor sobre su propia piel” alentado, inició su “Lectura” sus yemas se posicionaron en su cuello y descendieron lentas, sugerentes y lascivas, una mano se detuvo en los pectorales y allí se quedó en romance tórrido, la otra bajó al ombligo y lo acarició enamorada… “el pincel, puente entre su piel y mi ardor, en beso inocente rozó su cuello deleitable; no fue recibido así por ella que erizó su piel, su gesto me electrizó en un principio de erección; deslicé, sin alzarlo, el pincel hasta su seno izquierdo y contorneé la aureola de plata, su pezón se erectó cómplice con mi deseo…” Diana, la escritora acusó en su piel el golpe erótico de su imaginación, que rogó por el auxilio de su mano, esta acudió solícita para apagar las llamas; las yemas, cultivaron un fuego más intenso; incendiaron los senos que erectaron a sus guerreros. Se refugió la mano en la grieta y la otra siguió escribiendo y adentrándose en la trama que se dibujaba a sí propia. En autobiografía. El Lector, leía ávido en el rostro, cuerpo, aroma, actitud de Diana, la escritura transparentada como si leyese el relato en formación y lo crearan en conjunto, el goce se hacía insoportable, el recorrer de sus yemas lo traía desquiciado, sentía galopar un orgasmo; lo reprimió llevando una mano a la boca y lamiéndola en ascuas; trató un despiste del arrebato lujurioso, la otra la llevó a las pelotas y las oprimió en desespero para distraerlas y evitar su vaciarse anticipado. “Me dio pena el gemelo que contemplaba taciturno nuestra orgía privada, lo invité a un trío; gozoso me entregó sus curvas, lozanía, medalla y pezón enhiesto; para enervar a mis discípulos níveos, llevé el pincel a los ojos y los decoré en esplendor; estimado el castigo suficiente, retorné a ellos solo para dejarlos en orfandad y deslizarlo hasta la grieta y en un revolver perverso, levantar, en huracán, un orgasmo que ató las arenas de su concupiscencia en una Simún imparable que destruyó sus oasis y no tuvo, la hembra, donde guarecerse de su goce desenfrenado que la dejó rogando por más y a la vez “No más por favor” La escritora estaba devastada; palpitaba con su creación. Parecía una lectora ávida que se enteraba a cada línea que trazaba de la trama y la gozaba, su mano ahogó la grieta y se enseñoreó en el clítoris, el que acarició y recorrió en caricia agobiante, su otra mano retorcía los pezones alternativamente, la escritura, suspendida por ahora, siguió escribiéndose en su mente y en orgasmo arrebatador; sus piernas le abrieron paso a sus manos que se lanzaron sobre la jugosa ostra a la que exprimieron de modo y manera que sus quejas destempladas se confundieron con las llorosas del Lector que cayó derrumbado en un orgasmo arrollador que lo tiró de bruces sin impedir que antes la leche hirviente a borbotones incontenidos, saltara sobre la netbook y los senos, rostro y grieta agradecida embadurnando todo a su paso blanco y caliente. Se miraron comprendiéndose y sintiéndose uno, como si hubieren hecho el amor cuerpo a cuerpo y sabiéndose, de algún modo, protagonistas del relato candente. Rieron en regocijo cómplice y en lujuria compartida. El trato y negocio estaba cumplido. El resto es un relato erótico por escribirse.
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