Hacia una semiótica del Table
Por Ramón Castillo
Diciembre del 2009
El aire caliente, sofocado, luminoso del lugar era propicio para el embrujo de la carne, para los sueños ingenuos que sólo el dinero puede otorgar. Ahí, solitarios y desvelados hombres bebían, miraban y jugaban la deliciosa farsa del streptease. El sexy –pensé- es sólo un acceso a la imaginación elemental del hombre, una mentira, un simulacro previamente acordado. Tres minutos que prometen todo y nada cumplen. Y sin embargo, ahí está la noche, la cerveza, la desnudez, el susurro de lo sórdido que no pueden ser desmentidos. Para no pocos, el table es la fantasía consentida que, no obstante, hay que festejar y atender. Complejos malabares en el tubo central divertían a dos o tres espectadores. La música sonaba fuerte y las bebidas, siempre costosas, corrían velozmente gracias a la solícita atención de los meseros. Ahí no importa nada más que la velocidad con la que pasa el tiempo, acompañado del dinero, pues cual volutas en el aire, desaparece a velozmente a la primera oportunidad. El desfile de cuerpos es parecido a un desfile de alta moda europeo. Seguras y exóticas amazonas suben, indiferentes a regalar una canción, una pirueta, una contorsión extraña, luego se van, con el rostro impávido, deseosas que la noche concluya. Eso, en el mejor de los casos. Pero la variedad siempre se impone por ser ineludible. Cuerpos más cercanos al espectro de los mortales también bailan, también buscan una manera de sobrevivir; igual que todos nosotros los comunes, sondean la necesidad y sus imposiciones. No son pocos los que se muestran incómodos. Esto sucede quizás porque el arribo de presencias menos idealizadas y estéticas al escenario, es una manera perversa de anular la fantasía, pues en ella la realidad se ha colado, se hace de nueva cuenta patente. No se trata de un desprecio particular, de una afrenta contra la persona que ahí se expone, sino de una repulsión hacia la realidad. Lo que se compra no es realmente la carne, porque a pesar de que sí suceda, en el table dance la prostitución no es lo que sostiene al negocio, el motor primero de la industria es el arribo de la fantasía, la exclusión de la realidad. La oscuridad, el humo, la bebida, las mujeres, la música, son todas formas que incitan al solipsismo. En el antro somos todos mónadas de ventanas clausuradas. El exterior se niega, mientras que a la cueva platónica se la ensalza como la única realidad, al menos mientras se tenga dinero.
Pertrechados en los rincones, los demonios de la oscuridad emergen lentamente conforme van sucediéndose las coreografías, las botellas de tequila, ron o whisky, los sueños fugaces, las promesas que jamás habrán de cumplirse, el sueldo entero, las horas y los cigarros. Pronto, antes de que todo el efecto sucumba bajo las inevitables leyes de lo impostergable, los colores parecen más vivos, la música menos estruendosa y por un instante, el bullicio le abre paso a la quietud, a la piel crispada, a la ensoñación. Todos hemos sido atrapados en la vorágine de la simulación, de la encarnación más burda, que no menos eficaz, de aquello que Baudrillard llamaba seducción. La profundidad de la noche se mide por la intensidad con la que nos recluimos en sus fantasmas. Y en aquellos antros en que el sudor se confunde con la ansiedad del pulso alcoholizado, las postrimerías del deseo se desvanecen entre diminutas bragas y billetes que nunca son suficientes. Al final, no importa que no sepa el nombre de aquella exultante amazona del norte, pues ella tampoco conoce, ni le interesa conocer el mío, tampoco vale la pena creer que la utilizo, porque ella también me utiliza a mí y a todos los presentes. Ese es el trato y yo lo celebro.
Ramón Castillo. (Orizaba, 1981) Egresado de la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Se define a sí mismo como un sutil misántropo, fetichista libresco y gozoso voyeur del eterno femenino. Ha publicado cuento, ensayo y reseña en diversos medios tanto nacionales como internacionales; ha participado también como ponente en varios congresos sobre Filosofía y Arte. Actualmente es becario en la Fundación para las letras mexicanas en el área de ensayo.
|
RegístrateLo más nuevo:
Donativoscantidades en pesos mexicanos |
Sobre Palabras Malditas
Editorial Efímera
- Antología de cuento Palabras Malditas
- CD-ROM Interactivo
- Playeras
- Envío de manuscritos





No recuerdo su nombre, pero llevaba tatuado en la nalga derecha un sombrero vaquero para dejar en claro su procedencia norteña. Era mucho más alta que yo. Poseía medidas perfectas, o al menos lo más cercano a ellas, cabello oscuro y ojos grandes. Su hablar era educado, gentil e impregnado de coquetería en cada palabra y todo gesto. Se acercó a mí, colocó su generoso culo en mis piernas, me indicó la mecánica del juego, acarició mi cabello y se dirigió a esperar a que algún cliente la llamara, tal vez yo, tal vez cualquier otro.
Nótese que el entendimiento se anula –la asunción de determinada realidad– a favor de una noción más bien elemental de evasión. Lo verdaderamente interesante es que tal evasión, a pesar de su aparente ingenuidad, es asumida por todos los ahí presentes. Una simulación puesta en marcha sólo para saciar el momento, para consumirlo todo, sin quedar nunca satisfechos. Un festín de simulacros, –para algunos de los implicados, no todos—una escapatoria, un emplazamiento de la realidad.
¡Muchas felicidades!