Porno & Literatura  /  10 años pervirtiendo a nuestros lectores
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Palabras Malditas

Palabras Malditas nació de un proyecto individual sencillo, claro y obsesivo: escribir, vivir en la literatura y para la literatura.

En el principio era el verbo y el verbo encarnó en historias rigurosamente contadas y Jonathan Solórzano llevó sus historias (más tarde también las ajenas) a la red (el éter) y así el proyecto primigenio devino revista cultural electrónica. Un lustro cumplió ya Palabras Malditas en internet, y sus hacedores lo conmemoran con la edición impresa de este libro de cuentos que recoge textos de más de veinte autores que han colaborado en la revista electrónica. Chilenos, españoles, mexicanos desde luego. Premiados dos de ellos en los concursos 2007 y 2008 de Palabras Malditas. Dos más, ganadores del Premio Nacional de Cuento Julio Torri. Poseídos todos por un furioso brío narrativo.

Con este puñado de cuentos, Palabras Malditas (nombre y a la vez emblema que parece acogerse al sabio aforismo de Clarice Lispector: escribir es una maldición que salva) se interna en los territorios del papel y la tinta y recorre a la inversa el trayecto de la literatura impresa a la literatura virtual que hoy cautiva a editores y autores.

(¿Llegó ya el tiempo del libro electrónico? Lo dudo. En las ferias del libro, es verdad, se presentan pantallas para la lectura que permiten incluso leer en la oscuridad. Se trata de artilugios del tamaño de libros que almacenan literatura virtual y por tanto contienen palabras, historias, trazos, cartografías, ideas, pero aun así no ofrecen la grata presencia, el peso, la textura que exige el lector insaciable, el frenético devorador de cuentos, poemas y novelas, el que acaso llegará a aceptar las pequeñas pantallas iluminadas cuando en sí mismas, como objetos, le proporcionen el deleite estético y sensual del libro de papel.)

No se apoltronó Jonathan en Palabras Malditas. Comenzaba la radiodifusión vía internet y a nuestro personaje se le soliviantaron las neuronas, se enredó en delirios y sobresaltos. Poco después empezó a emitir invitaciones para sumarse a la Tripulación Nocturna, programa de radio por internet, que cada tantas noches exploraba y explora ignotas regiones, no sabemos aún si de este mundo o del más allá. De esa tripulación alguna vez formaron parte Guadalupe Nettel, Alvaro Enrigue, Elmer Mendoza, Alberto Barrera Tyszca, Carmen Boullosa, Roman Gubern, J.M. Servín, Sergio González Rodríguez, muchos más. También tomé mi turno. Durante dos horas conversamos (al calor de unas frías, diría Tito Monterroso) de literatura y política, de cine y literatura, de literatura y cine y política, sin censura, como quien charla en la cantina, y no había quien a señas interrumpiera para ir a comerciales; sólo de vez en cuando, ad líbitum, el conductor proponía oír un poco de música. Qué maravilla, qué genial hallazgo este de la internet.

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Gerardo de la TorreCosa de quince años atrás nos reuníamos a tallerear cuentos en el Museo de la Estampa ubicado en la plaza de la Santa y Verdadera Cruz. Jonathan, Abdón Flores, Alberto Arriaga, José Juan de Ávila, otros, hasta completar una decena. Los alegres muchachos de dos de aquellos veranos leían sus cuentos con voz en ocasiones vacilante (yo seguía atento la lectura en una copia, señalaba alguna aberración sintáctica, cierto vocablo impreciso, un defecto de puntuación) y los oyentes aguardaban para lanzarle rabiosas dentelladas al lector/autor. Era la dura y ominosa ley. Cada jornada los jóvenes autores corrían riesgos, por tanto preparaban sus textos a conciencia, retocaban incidentes y personajes, eliminaban imperfecciones evidentes, bruñían, acicalaban, elidían; de la otra parte, en el lado lector, afilaban las armas de la crítica (Tolstoi o Dostoievski, de Steiner, era uno de los libros recomendados).

Asumieron que no bastaba con imaginar buenas historias y contarlas. Había que lograr la perfecta conjunción de un relato (entendido como mera relación de los hechos, cadena de sucesos, un esqueleto al que aportarían músculo y sangre la trama y las palabras), cierta manera de organizarlo y un lenguaje (las palabras son pistolas cargadas, repetíamos siguiendo a Jean-Paul Sartre) capaz de apresar el asunto narrativo y proyectarlo cargado de resonancias y significados. Inventar una historia, inventar una manera de contarla e inventar o reinventar el lenguaje que la cuente (el escritor que se precie —dice George Steiner— ha de sacar a martillazos su lenguaje de la cantera general).

Abandonábamos el Museo de la Estampa al filo de las ocho de la noche y nos echábamos a buscar una cantina. En cualquiera de estos recintos sacros continuaba el diálogo, y no sabría decir en qué medida influyeron las discusiones en el taller y en la taberna, las lecturas, la reflexión, las horas sentados frente a la máquina de escribir o la incipiente computadora, para que el grupo fuera adoptando una temática subsidiaria del desastre y la vida desolada, en la que abundaban personajes execrables, turbias atmósferas, aspiraciones fracasadas, amores frustrados (¿acaso hay de otros?) y, en amargo final, alcoholes solitarios. Y algo de esa química, me parece, se ha transmitido como cosa genética a este primer volumen de Palabras Malditas en papel.

Buena parte de los cuentos que aparecen en este libro me recuerdan los leídos aquellas noches del Museo de la Estampa. Diría que coinciden en la orientación general, aunque felizmente se diferencian en el tono, la intensidad, el ritmo, los recursos narrativos, las arborescencias, la manera de aproximarse a ciertos insondables misterios de la condición humana.

Es evidente que los autores, entre otros Maribel Castorena, Javier Terrones Hernández, Miquel Silvestre, Rogelio Flores, Rodolfo JM, José Abdón Flores y Jonathan Solórzano, dueños de un vigoroso oficio narrativo, lo practican con feroz tenacidad, con una paciencia que les permite prescindir de facilismos y apresuramientos y, como el fabricante de perfumes o licores sublimes, componer cada página con los mejores destilados de su talento.

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