Baba de caracol
Por Sara Bertrand
Agosto del 2009
Sara Bertrand, estudió Licenciatura en Historia y Periodismo en la Universidad Católica de Chile, desde entonces ha trabajado en diferentes medios de comunicación escrita además de colaborar como investigadora para algunos libros de Historia, el más reciente, El barrio El Golf junto al historiador Miguel Laborde. Colabora para el suplemento cultural Artes y Letras del diario El Mercurio y para la revista de vinos y gastronomía La CAV de Chile. Ha publicado dos novelas infantiles; “Antonio y el Tesoro de Juan Fernández” y “Antonio y el misterio de los hombres roca” con la editorial Amanuta. En 2007 ganó la beca de Creación Literaria del Consejo de Cultura y las Artes para su libro de cuentos “Inoxidable” (aún no publicado). Este año publicará para el sello Alfaguara la novela infantil “La momia del Salar y Nuestra historia de desastres” y se encuentra escribiendo su primera novela para adultos. Este cuento, que nos hace llegar Sara Bertrand, pertenece a ese libro inédito “Inoxidable”, que seguramente pronto publicará. Y como el título de su cuento: “Baba de caracol” lo señala, nos hace transitar por esa adolescencia que puede tornarse parte de nuestro presente mercantil y consumista. Coméntenle a la autora que opinan de su texto Malditos.
Baba de caracolEsta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos
Roberto Bolaño
Uno sabe bien por qué hace las cosas. Aunque no diga nada, uno sabe. Con paciencia y los ojos abiertos, en lo profundo, uno encuentra sus respuestas. La historia personal, como la familiar, creo yo, viene escrita con tinta indeleble, adherida a la piel como una ventosa, o un caracol, aún cuando se pueda contar desde varios puntos de vista porque uno no tiene una sola forma de mirarse. Hay diez, hay veinte, hay veinticuatro mil cuatrocientas, incluso, más. La vida tiene mil caras. Yo les voy a contar solo una. Hace 10 años que tengo un criadero de caracoles. Caracoles vivos de exportación que envío a la Unión Europea, básicamente a Francia. Ustedes pensarán que es complicado. Para nada. Negocio redondo. Los caracoles se crían fáciles, buena tierra, harto repollo, calcio, agua y sería todo. Claro que hay que respetar algunas exigencias del Servicio Agrícola ganadero, pero lo demás no reviste mayor problema. Se trata de alimentar, cosechar y embalar. El caracol es un bicho agradecido, se reproduce con frecuencia, no manifiesta propensión a las plagas, así es que el negocio crece con piloto automático. Hacia arriba de un paraguazo. Ni qué decir de la inversión, nada que no haya podido solventar. La parcela en Calera de Tango, donde tengo montado el criadero, la heredé de mi familia, ahí construí un galpón, modesto, pero digno, que tiene una sala de limpieza, embalaje y un pequeño frigorífico donde mantengo a los caracoles recién embalados. Luego viajan a Europa. Cierto que los franceses son duros para pagar; es decir, no les nace fácil, pero lo hacen puntualmente: 20 por ciento de adelanto, 30 contra entrega y el 50 restante en 3 mensualidades. El negocio marchaba bien. No podía quejarme de nada. Los problemas comenzaron después, cuando por culpa de los caracoles comencé a padecer una antigua costumbre mía, algo que creí estaba superado. Me explico. Nunca fui demasiado atractivo, soy bajo, pierna corta y panzón (cosa que va en aumento con la edad), tengo el pelo graso, ojos grandes y saltones y no digamos que mi voz es de lo más melodiosa. Pero no hay problema. Al menos no ahora, de chico sí. Es que me di cuenta temprano de que mis desventajas físicas repercutían directamente en el número de mujeres con las que podía experimentar, en esa edad en que uno no ve caras, sino tetas y culos. Mientras mis amigos agarraban con facilidad, yo no tenía con quién. Era una tortura. El carácter tampoco me ayudaba. Medio pánfilo y con un exacerbado temor al ridículo, me veía obligado a recurrir al alcohol para acercarme a ellas. Así es que a falta de minas me vi obligado a experimentar solo. Es decir, a usar mis manos como instrumento de exploración. Nada del otro mundo si se tiene en cuenta que a los 13 ó 14 años todos andábamos más o menos en las mismas: metidos en nuestras piezas con la imagen de un par de gomas grandes y carnosas azotándonos la cara. Un impulso, que en mi caso particular, se desataba por situaciones tan disímiles como el escote de la vieja de matemáticas o las piernas levemente abiertas de la de castellano. Me hice adicto. Me masturbaba en el colegio, en la casa, en el baño. Donde me pillara una erección. Me masturbaba en la micro, en las fiestas, en el cine. Tres, cuatro hasta cinco veces al día. Me masturbaba debajo de la mesa, en la alfombra del living, en la cama, por supuesto. Imposible pararlo. Un culo levantado, una mirada sugerente o una palabra, me calentaba la piel y deslizaba mis manos bajo el pantalón. El asunto se volvió complicado cuando me puse a pololear, por primera vez a los 18. Conocí a una mujer. Inolvidable. Mi primer amor. No duró mucho, pero dejó su huella... Su rastro, esa muesca que grabó en mi interior, no me abandonó nunca. En otras palabras, jamás la olvidé. De ella me gustó todo, su cara, sus labios, el arco que formaban sus ojos y la ingenua forma que tenía de mover la cabeza al hablar, igual que una niña. Ni qué decir de su cuerpo, ¡cuánto me gustaba!, pero seguía masturbándome. Estábamos en el living, tendidos sobre el sofá, la presionaba para sentir sus piernas, su abdomen y sus pechos y, en vez de tocarla, me levantaba al baño. Frente al espejo, aliviado, me corría la paja. Al principio, ella no lo notó o simuló no hacerlo, pero al cabo de unos meses, comenzaron las quejas, que no te gusto, que no te excitas conmigo, que tenemos un problema, ¿y qué podía decirle? Que de mirar sus ojos se me iban las manos al bolsillo. Que al descubrir la forma en que se marcaban sus pechos en la ropa, me apartaba a un rincón. Que me calentaba como ninguna otra imagen lo había hecho antes y que en las noches, en la oscuridad de mi cuarto, me masturbaba mil, dos mil, cuatro mil veces a causa de ella. La cosa empeoró, no podía tocarla siquiera, porque veía la tristeza mortal que proyectaban sus ojos cada vez que me levantaba. Sufría a causa mía. Algunos dirán que de eso se trata el amor, pero a mí me parecía injusto. Cruel. Era una mujer demasiado buena y yo un hombre tremendo, encerrado sin poder apartar mis manos de entre las piernas para salir al encuentro de sus curvas. Caro le salía quererme. No la merecía, me convencí y con una mezcla de alivio y desolación la dejé. Ella no me buscó. Yo tampoco. Uno sabe, aunque no diga nada. Más tarde conocí a otras, ninguna como ella, pero siempre me ocurría lo mismo. Llegado el momento, me levantaba y al baño. Dele que suena. Hasta que un día me harté. Me sentí sucio, incapaz de entregarme a nadie. Las mujeres eran un mero vehículo de satisfacción personal, de calentura privada, pues el hecho de tener una cerca, me motivaba una erección que conocía de memoria hacia dónde me llevaba. Tenía un problema. Un terrible problema. Quise llamarla a ella, la única, la inolvidable y decirle la verdad, expiar mi culpa y romper mi impenitencia para terminar de una vez por todas la farsa, pero uno sabe. Hay cosas que no se pueden decir, simplemente no se puede. Me impuse dejar la adicción. Fueron meses sombríos. Difíciles. Por las noches tenía pesadillas, me despertaba con el miembro erguido, suplicante. Me levantaba de la cama, daba vueltas por la pieza, el cuerpo sudado, las manos crispadas, maldecía. Otras veces corría al baño y, sentado en el bidé, mojaba mi pene endurecido con agua fría, pero no lograba calmar mi aflicción. Pensarán que exagero cuando digo que sentí la cara de la muerte. Su tufo consumiéndome el alma. Mis dedos rozando su aura. Estuve a centímetros de tenderme a su lado, pero aquel que reclamaba abajo, tuvo que consolarse solo. Me encerré a estudiar. Libros y más libros. Números tras números. Dejé de salir, de ver mujeres, de mirar la televisión. Hasta que un día ocurrió algo insólito. Iba en la micro de vuelta a casa cuando a una mujer se le cayó la cartera enfrente mío. Ella se agachó, yo también. Quería ayudar, le dije mirándola y entonces, aparecido por su escote, se asomó un pecho pequeño con el pezón en punta. Las manos se me fueron sin pensar en lo que hacía. Se lo acaricié con un placer indescriptible. No era más grande que una mandarina, tibio y turgente como un tomate maduro. Al principio, ella no reaccionó, pero luego me golpeó la cara con el bolso. A patadas me bajaron de la micro. Todos los pasajeros se pusieron en mi contra. Sinvergüenza, cara dura, degenerado, me gritaron; yo me sentía feliz. Estaba sano. Por entonces terminé mis estudios y me puse a trabajar como contador auditor en una empresa de recubiertos cerámicos. Tuve tiempo de sobra para ponerme al día en las labores del sexo. Descubrí, lo digo con humildad, que era un semental. El trío de secretarias calientes, casadas todas, con las que experimenté en la hora de la colación, se entregaban a mis placeres con un apetito que a veces me hacía temer. Detrás de la bodega, a un costado de la planta, me pedían más, más y más. Yo les daba su merecido parado, sentado, en cuclillas o como fuere que viniere, introduciendo mi antiguo enemigo en el orificio que me ofrecieran. Había una, colorina de ojos verdes, una gata, una fiera agazapada en su traje sastre azul marino y blusa blanca de vuelitos. No contenta con que se lo clavara por donde sugiere la decencia, le gustaba experimentar por las orejas, que eyaculara sobre su pelo. Llevaba cuatro años trabajando en la empresa cuando mis padres murieron. Volvían en bus desde Algarrobo. El chofer perdió el control de la máquina y se fue contra una zanja. No hubo sobrevivientes. Así es que me quedé huérfano de padre y madre de un día para otro. Como era hijo único, heredé la parcela de 10 hectáreas que tenían en Calera de Tango, una cuenta de ahorro con 10 millones de pesos y un perro pastor alemán. Era joven, soltero y me sentía capaz de emprender solo. No en vano había pasado los últimos años como contador auditor… Renuncié, me trasladé a vivir a la casa de mis padres y fue cuando me topé con los caracoles. El jardín estaba tomado por ellos. Se veían en los árboles, colgando de sus hojas, entre medio del pasto, cubierto de conchas abandonadas por doquier o balanceándose en los tallos de las flores. También habían colonizado parte de la casa, instalándose en las murallas, en el baño, acoplados a las patas de las mesas y a los marcos de las ventanas, precedidos por esa inconfundible huella resplandeciente que contrastaba con la suciedad del suelo. Espantado, llamé a un amigo que trabajaba en una empresa de control de plagas. Llegó un domingo. -Compadre, te juro, con los años que llevo en el rubro, jamás había visto nada igual –afirmó impactado. Me dijo que era un crimen exterminarlos y que me pasaría de tonto si no los vendía. -Te podís hacer rico, hueón, inmensamente rico –dijo. Me dejó el teléfono de un primo suyo que trabajaba en una planta procesadora de caracoles. Allí podría venderlos, señaló. Entonces, miré la parcela, los caracoles colgando de los árboles y poblando la casa y pensé que no perdía nada con probar. Invertí mis ahorros y los de mis padres para montar el galpón, arreglar la casa, limpiar la tierra y formar los corrales donde deposité los caracoles. Durante un tiempo no pude pensar en nada más que trabajo, trabajo, trabajo. Luego, la soledad comenzó a pesarme, a veces, demasiado. Decidí buscar una mujer que estuviese dispuesta a vivir en la parcela y ayudarme con el negocio. La planta no era grande, pero había harta pega, necesitaba manos que me ayudaran. Me puse en campaña y volví a los carretes, a las mujeres. Al poco tiempo conseguí a la esposa perfecta. Era trabajadora, quitadita de bulla, como se dice y llevaba 6 años como secretaria ejecutiva de Codelco. Es decir, conocía de sobra la pega administrativa. Así es que una vez casados, se encargó de cuadrar la caja, ordenar los pedidos, revisar las visitas del Servicio Agrícola ganadero, en fin, del negocio en general. De más está decir que hice un muy buen trato. Mi mujer era amorosa, servicial, no reclamaba y apechugaba siempre. No me costó quererla, es más, le tomé cariño. A los dos años de estar juntos decidimos tener un niño. Me emocioné de veras cuando comenzó a crecerle la barriga. Me sentí más hombre y empecé a mirarla distinto, después de todo, llevaba a mi hijo en su vientre. El embarazo transcurrió sin problemas. Solía acompañarla al médico cada vez que era necesario, la palpaban, le tomaban la presión, todo bien. Hasta el parto. Ese día amaneció temprano, como loca, decía que algo andaba mal y que tenía que irse al hospital. La subí a la furgoneta de reparto y nos fuimos. Efectivamente, el niño se había enredado en el cordón, la cosa se veía complicada, pero el doctor aseguró que no corría peligro. OK. Me senté a esperar. Tardaban; demasiado. Me comí las uñas, revisé revistas, miré por la ventana, compré una gaseosa, no me la tomé, algo estaba sucediendo. De repente apareció el médico. Me habló sin una sola mueca en la cara, dijo que el niño estaba bien, pero la madre, no. No entendí. Él se explayó: -La perdimos. Tuvo una hemorragia extensiva, fue imposible reanimarla. Seguí sin entender. -Su señora murió –aclaró. Sus palabras me sonaron fuera de tiesto, groseras. Desperté. -¿Qué estái diciendo, desgraciado? –lo increpé junto con lanzarme sobre su cuello. Quería matarlo. Cortarle el pescuezo con mis manos. Borrar esa cara y esa mueca indiferente de mi vista. Lo arrastré hasta la ventana, el infeliz intentaba descolgarse arañándome el antebrazo, yo empujaba para arrojarlo afuera. No sé en qué momento aparecieron un par de enfermeros que me sacaron de encima. Asiéndome por los hombros con una fuerza feroz lograron inmovilizarme. Me condujeron a otra sala sin aflojar la presión de sus dedos. Comencé a flaquear, ya no tenía fuerzas ni ganas de irme contra nadie, sentía una puntada en el pecho como si me hubiese clavado un aguijón, intenté explicar que no pasaba nada, que no haría daño a nadie. Demasiado tarde. Me inyectaron algo, un somnífero supongo, porque al rato daba tumbos por la pieza. Apenas lograba mantenerme de pie, el suelo daba vueltas, los objetos flotaban en el espacio, intenté apoyarme en una mesa, pero resbalé y perdí el conocimiento. Desperté muchas horas después en la misma sala intermedia, tendido sobre un sofá de felpa gris, sin nadie que confirmara aquello que mi mente repetía persistente: mi mujer ha muerto. Entonces me acordé del niño, ¿dónde estaría mi hijo? No tenía idea de cómo llegar a la maternidad. Me las apañé solo. Con precaución fui recorriendo los pasillos del hospital, todos grises, todos iguales. Mi mujer había muerto. Mi mujer había muerto, ¿qué haría sin ella? Di con la maternidad, una auxiliar cargaba a mi hijo entre los brazos. Se lo pedí. Lo tomé y lloré como nunca. Las enfermeras intentaron consolarme, pero yo no tenía consuelo, mi mujer había muerto ¿qué haría sin ella? Mucho después entendí aquello de que el tiempo cura las heridas. Sucedió conmigo. Al año era un viudo repuesto, mi hijo crecía sano, el negocio marchaba bien y la pena, la tristeza que a veces me aquejaba, la asumí como parte mía. Una sensación que me acompañaba siempre, porque los muertos no se olvidan. Ese verano decidí tomarme unas vacaciones. Las primeras desde que murieron mis padres; montara mi propio negocio de caracoles; me casara; tuviera un niño y perdiera a mi mujer. Supe que me las merecía y partí a Concón. Arrendé un departamento de lujo en un complejo turístico recién inaugurado. Tenía piscina, sauna, cancha de tenis, club house y cosas por el estilo. Casi se me cae la cara cuando al momento de registrarme veo que aquella que atendía, la recepcionista, era la mujer inolvidable cuya huella reconocí de inmediato en la curvatura de sus ojos y esa ingenua forma que tenía de mover la cabeza. Ella también me reconoció. Se levantó de la silla con alegría sincera, o así me pareció, me estrechó los brazos. Luego, saludó al niño con ternura y me preguntó por su madre. Le conté que era viudo. No supe cómo interpretar el brillo de sus ojos, pero me pareció que traían buenas noticias. El alivio de habernos reencontrado tal vez. No nos separamos. Me acompañó los 10 días que estuve en la playa, incluso, una noche dejamos al niño al cuidado de una amiga suya y salimos a bailar. El encuentro fue explosivo. Mientras la tenía entre mis brazos y la llevaba de un lado a otro al ritmo de la música, le dije que la amaba, que no volvería a separarme de ella, que haría lo que fuera por recuperarla. Ella me contestó dando vuelta la cara, mirándome de soslayo. Entendí que nuestra historia volvía a escribirse. A los seis meses me casé con ella, la única e inolvidable, la vieja estampa resucitada a quien amé como estaba destinado a hacerlo. Por pudor y respeto a su persona no revelaré jamás lo que hicimos en la cama, solo diré que fue feliz y yo también, que el amor provoca alucinaciones, sueños extraños, noches en cámara lenta y que conmigo ella no tuvo uno, sino múltiples orgasmos. Hasta un día, uno cualquiera, en que se levantó temprano para preparar la leche del niño. La tetera hirvió y ella intentó apagarla y cogerla, todo al mismo tiempo y se enredó con las manos y un chorro de agua hirviendo le quemó uno de sus pechos ¡Maldición! Vuelta al hospital, a la sala de espera, al médico de respuestas ilegibles. El asunto me afectó, más de lo que imaginé, sentía que el infortunio me perseguía. Que de una forma y otra terminaría perdiéndola. El médico intentó explicarme que sanaría, ahora con palabras concretas, como adivinando mi desesperanza. -Los tejidos volverán a regenerarse –dijo. Me aseguró que en su pecho quedaría una minúscula cicatriz. Entonces, agregó algo que me volvió la fe, dijo: -De todos modos debiera intentar con baba de caracol… He tenido muy buenos resultados en otros pacientes. Lo miré alucinado. -¿Baba de caracol? –repetí. Y sí, me explicó que reducía notablemente los rastros de quemaduras y otras agresiones a la piel, que era sumamente regenerativo. No escuché más. Esa misma tarde tomé un caracol de los corrales y le pinché la cola. Un moco transparente y espeso me enjuagó las manos. Corrí hasta el dormitorio donde reposaba mi querida esposa y repetí el movimiento con la intención de untar el líquido en su pecho, pero ella casi vomita cuando apreté al caracol. Entre arcadas dijo que no pensara tocarla con esa asquerosidad. Al día siguiente, cambié de estrategia. Le vendé los ojos y la conduje hasta los corrales. La besé en medio de la noche, del aire fresco, de los caracoles, de la nada. Desabotoné su blusa, descubrí su pecho malogrado, pinché un caracol y le esparcí el mucus, acariciándolo. Ella sonreía, yo la sobaba, ella dijo te amo, yo sentí una erección como las de antes. Sin pensarlo demasiado metí mi otra mano en el pantalón y me corrí la paja. Fue lo más excitante que había experimentado en el último tiempo. Ella seguía sonriendo con sus ojos vendados. Al día siguiente, repetí la maniobra. Y al tercero, al cuarto, al quinto. Un mes entero me masturbé delante de mi mujer con ojos vendados y un caracol que soltaba mucus encima de su pecho. Una noche me desperté excitado, me acerqué a ella, la rodee con los brazos y comencé a besarla. Ella respondió abriendo sus piernas y encaramándose sobre mi cuerpo, pero nomás hecho esto, se me quitaron las ganas. Me deshice de ella con disimulo, la besé en el cuello y bostecé. -Mañana será un día largo… –mentí. Al rato sentí que roncaba a mi lado. Me levanté al baño y me corrí la paja, como en los viejos tiempos, mirándome al espejo, viendo mi miembro erguido y seboso. De haber podido, me lo hubiese metido en la boca. Al día siguiente mi mujer tomó la iniciativa. Me besó en la frente y puso la venda entre mis manos. Se dio vueltas. Le vendé los ojos, mecánicamente, la tomé por la cintura y la conduje hacia los corrales. Corría una brisa extraña, caliente. Saqué un caracol al mismo tiempo que descubrí mi pene, comencé a frotárselo sobre el pecho, mientras me masturbaba con tanta calentura y poca precaución que para cuando acabé, ella me miraba a los ojos. Tenía la venda en el cuello y sus dos manos en la boca. No dije nada. Me subí el cierre del pantalón y suspiré. Supongo que ella esperaba una explicación, pero uno sabe, hay cosas que conviene callar. Hay otras que no se olvidan. Uno sabe. Como la historia personal, quedan grabadas con tinte indeleble. Así es que caminé hacia la casa sometida por los caracoles.
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Comentarios (1)
Muy ameno el cuento
1
Sábado 19 de Septiembre de 2009 16:05
CarlosAvilaP
:lol:
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