El desierto
Por Gilma Luque
Febrero del 2010
…ya no la veo, ¿será la noche y su oscuridad? He corrido tanto que mis piernas le pertenecen más al piso que al resto de mi cuerpo. Quisiera tenerla en mis brazos como cuando era un cachorro, como el día que Cuco me la trajo. Ese día llovía y él la traía envuelta en su chamarra verde. Todavía quedaba pollo y había moscas por todas partes. El olor de la leña, los restos de tortillas y el ruido de los becerros eran parte de su nacimiento. Yo así lo creí, estaba segura que Yue había nacido de la chamarra de tío Cuco, y el resto de la familia me dejó pensarlo de esa manera. La abuela sonrió, me dijo que yo la iba a cuidar porque Cuco siempre lo olvidaba todo. Miré a mamá que asintió con la cabeza. Me sentí dichosa cuando al fin vi el resto de su cuerpo que era muy pequeño y de tres colores. Su pelaje se componía de mechones cafés, grises y negros. Su pelo no era suave ni esponjoso, al contrario, era áspero. Pero aún así la acaricié interminablemente. Yue creció muy pronto, no habían pasado ni dos semanas cuando ya me llegaba a la cintura. Es verdad que yo era muy pequeña. Lo extraño es que pasaron los años, crecí y ella siempre me llegó a la cintura. Era tierna, obediente. Bastaba con que yo le diera una orden para que ella hiciera lo que le mandaba. Era tradición en la familia comer juntos los domingos. Poníamos dos mesas largas que le rentábamos al Profe. Cada domingo Yue se daba un gran banquete. Comía los huesos que dejábamos y también lo que quedaba de la comida de ese día. La abuela pensaba que teníamos que comer todo fresco, nada de ayer. La Yue podía comer tres o cuatro pollos enteros en una tarde. Nunca se enfermó y siempre parecía estar insatisfecha. Arrasó con las plantas del jardín, con el pasto y después se revolcaba en los restos, era su manera de agradecer. Éramos muy felices con ella. La desdicha comenzó el día que Don Juaco, un vecino ya muy viejo y medio loco, vino muy temprano a despertar a la abuela. Sus borregos habían desaparecido. No había rastro de ellos. En la oscuridad de la noche los había escuchado berrear, y había tirado disparos al aire. Nos recomendó que tuviéramos cuidado. No había visto a mi Yue desde que desperté, la busqué llena de una ansiedad que nunca había sentido. Tenía un mal presentimiento. Al fin la encontré dormida en la cama de tío Cuco. Soñaba, estaba inquieta. La llamé como de costumbre y ella apenas abrió los ojos. Tío Cuco la aventó de la cama en una vuelta que dio. El colchón tenía gotas de sangre. Sentí tanto miedo, lloré hasta que tío Cuco sacó la bala y Yue estuvo a salvo. Me prometí cuidarla más, le pedí perdón sin ser culpable de nada. La reconfortamos con barbacoa y chicharrón. Algo cambió a partir de esa mañana, Yue no parecía la misma, todo el tiempo estaba hurgando en la cocina, se comía todo lo que estaba a la vista, lo que había en el bote de basura y en el dispensario. Era insaciable. Unos días después, el árbol que estaba al centro del jardín desapareció, así nada más. Aunque era un hecho insólito nadie se sorprendió demasiado. Nadie pensó en mi Yue, más que yo que la conocía y entendí lo verde de su hocico. Esa noche me hice la dormida para sorprenderla. Yue se levantó sin hacer un solo ruido, pasó por la recámara de la abuela, por la de tío Cuco y salió al jardín. La vi devorar un arbusto, dos becerros de la tía Leti y un costal de café molido que mamá había traído desde Veracruz. No quería que me viera, sentí miedo. Todo lo comía con una ansiedad que la hacía parecer endemoniada. Al día siguiente cuando descubrieron lo faltante, todos pensaron que había sido un hurto, cosas del diablo, un ánima vengativa. Nunca les ha importado explicarse mucho las cosas. Aunque mamá no dejó de decir que era una lástima lo del café. Yue movía la cola. Me saludó como de costumbre, me lamió las mejillas y alcanzó mi boca con su hocico que olía a café. La abracé, no quería que le pasara nada, no quería que la descubrieran y la llevaran lejos, como a las otras bestias que había traído el tío Cuco. Las cosas continuaron esfumándose. Tuvieron que cerrar la cocina con llave. El jardín parecía un terreno baldío. Yue se iba por las noches y regresaba al amanecer. Los vecinos comenzaron a quejarse unos con otros: sus gallinas, sus pájaros, sus cerdos, sus perros y gatos simplemente ya no estaban. Yue me miraba con una inocencia terrible. Pero aún así decidí darle su merecido, le pegué con un palo hasta que sus aullidos despertaron a la abuela, quien me dio una tunda a mí. Esa noche amarré a Yue a la pata de mi cama. Pensé que había hecho bien, que tenía que contenerla, que tal vez era la luna o algún embrujo. Me quedé dormida sin alteraciones hasta la mañana siguiente, en que descubrí mi colchón en el suelo y el hocico de Yue repleto de astillas que le tuve que quitar. Lo hice con odio. No quería que nadie me apartara de ella y ella no lo entendía. Quise creer que era su instinto, que tenía que dejarla libre. Los muebles de la casa se desvanecieron uno a uno, las paredes tenían tremendos huecos. Todos estaban asombrados, temerosos, pensaban que una maldición había caído sobre nuestra comunidad. Hubo misas, peregrinaciones, exorcismos. Pero todo continuó esfumándose: mamá, la abuela, el tío Cuco, la gente del pueblo. Sé que Yue tiene hambre, sé que me comerá a mí también… ya no la veo, ¿será la noche y su oscuridad? Oigo su corazón, sus jadeos, siento sus dientes…
Gilma Luque nació en diciembre de 1977, en la ciudad de México. Estudió Filosofía en la Universidad El Claustro de Sor Juana y en la Universidad de Guanajuato. Le gusta la fenomenología y la filosofía existencial (obvio Heidegger). Es egresada de la Sogem (generación xxx): Ha sido becaría del FONCA en los periódos 2006-2007 y 2009-2010 ( y aún así tiene faltas de ortografía). Escribe novelas casi siempre de amor, no, siempre de desamor y destiempo, tragedias, autosabotajes, es optimista en el pesimismo... Hombre de poca fe, es su primera novela.
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Muchas felicidades
Buen cuento.
Saludos.