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El asno en la lejanía

Por Rogelio Flores
Febrero del 2010

 

 

Éramos cinco hombres en un páramo, bajo una higuera, alrededor de un cuerpo tendido en el barro. Yo me sentía agotado, nervioso y con miedo. Me dejé caer de bruces y más cerca de él, me concentré en la expresión de su rostro. La golpiza le había dejado inconsciente. Sobre una mancha de sangre seca le caminaba una mosca entre la frente y los cabellos. No parece un hombre perverso, pensé. Pero no dije nada. Ninguno se atrevía a mencionar una sola palabra.

Un soplido del viento rompió aquel mutismo, mientras el sol era devorado por nubarrones negros. Nuestro viejo compañero permanecía inconsciente y aun vivía, su respiración cansada nos lo hacía saber. Lo observé de nuevo. Tal parecía que soñaba algo hermoso, a juzgar por su gesto. No había un rictus de temor en su expresión. Parecía un hombre inocente. Sin embargo, su condena era un hecho.

No se dio cuenta del momento en que le pasamos la soga alrededor del cuello, ni sintió cuando le amarramos las manos tras la espalda. Parecía un animal indefenso. Mis ojos se humedecieron y lo recordé ofreciéndole agua a una de las mujeres que nos seguían a todas partes, una vieja cansada, recuperada de la lepra. Recordé también su risa.

Algunos queríamos dar marcha atrás, después de todo, ese pobre infeliz solo había seguido las extrañas órdenes del maestro.

Matías no manifestó el menor signo de flaqueza y se mostró irreductible, quizá iracundo.

–El traidor ha de morir esta misma tarde, súbanlo al asno.

Obedecimos, lo tomamos como a un fardo para sentarlo en el lomo de aquella bestia, la misma en la que el maestro había llegado a este pueblo miserable, días antes.

Bartolomé pasó la soga por la rama más alta de la higuera. Pudo haberlo hecho pronto, sin embargo demoraba cada uno de sus movimientos, intentado retrasar lo inevitable. Aquello era espantoso. Comenzaron a jalar la cuerda, con sumo cuidado. El cuerpo dormido se incorporaba lentamente, ajeno a su destino. Los cabellos tiesos de sudor y sangre seca permanecieron rígidos, parecían los de un cadáver. Se acercaba el momento.

El manso animal no se movía. El cielo, ya casi negro, rugía para advertir una tormenta, tal como una carcajada que se reprime para luego brotar furiosa y alegre.
Mis manos temblaban y blasfemé entre dientes. Todos me miraron con gesto de reprobación y miedo. Matías me abofeteó.

Sin poder evitarlo expulsé algunas lágrimas bastardas, que podían ser de pena, miedo u horror. O de ese odio terrible que comenzaba a sentir por mi y mis desdichados cómplices, por aquella causa cruel. No estábamos obrando correctamente, el maestro no habría estado de acuerdo.

– ¿No te das cuenta de lo sagrado de nuestra misión? Estamos acatando la voluntad de Dios. Este grupo no admite voluntades frágiles como la tuya, Felipe, tienes que ser fuerte, advirtió Matías.

– ¿Tampoco admite a Simón y a Juan, dónde están ellos? ¿Están enterados de esto? preguntó el condenado a muerte, desde su trono siniestro, el asno.

Había despertado.

–Acompañan al maestro, respondió Matías, sin siquiera dirigirle la mirada.

– ¿Y dónde está él? preguntó el Iscariote.

–Bien lo sabes, traidor. Intentaste desafiar a Dios, pero él –señaló entonces, al cielo- no permitió se consumaran tus actos abominables. Ni nosotros, sus siervos, tampoco lo permitiremos.

–No sabes lo que dices –respondió Judas–, Jesús está a salvo. En este momento debe ir camino a Egipto, con los Zelotes, así lo planeamos desde el principio. Y volverá con más de los nuestros, para redimir a nuestro pueblo.

–No les mientas a estos hombres, no trates de confundirlos. Jesús debe estar muriendo en este momento, y tú serás el responsable, por eso Dios clama tu alma maldita, por haberle traicionado.

– ¡Yo no traicioné a Jesús! Él es más que un hermano para mí.

–Pero traicionaste a Yahvé. Tu soberbia te cegó y te desvió del camino, la ambición y la soberbia te corrompieron.

–Yo solo quise proteger la causa de Jesús, y a nuestra gente.

– ¡Blasfemo! ¿Quién eres tú para intentar modificar lo escrito, lo que han dicho los profetas?

–El Bautista también era parte del plan y también era un profeta, ustedes mismos –dijo mirándonos a todos– creyeron que él era el Mesías. Él, Jesús y yo ideamos como engañar Caifás y al Sanedrín. Y ustedes no supieron nada porque el maestro no confiaba en sus corazones, ni en su voluntad, sabía que no tendrían el valor. Ahora veo que tenía razón, como en todo.

–El Bautista era un demente, un poseído, y ahora es carne de gusanos, como lo serás tú y lo será ese nazareno cobarde. Nadie está por encima de la voluntad de Dios, ni siquiera Jesús. Ayer mismo escuchamos que abandonaría la causa para la que nació y todo por la mujerzuela que vino de Magdalia, con la que se embriaga por las noches. Las escrituras hablaban de su muerte, y así debió ser. Hablaban también de una traición, la tuya. Por eso morirás colgado, para pudrirte en ese árbol; las bestias de rapiña te borrarán de la faz de la tierra, y serás escarnio de quien quiera seguir los pasos del nazareno rebelde. Tú nombre será maldito por los siglos, y los planes de Dios se mantendrán inalterables.

Judas nos miró a cada uno, tal como la hacía el maestro cuando lo ofendía alguna injusticia. Luego sus ojos se humedecieron y esbozó una sonrisa.

Entonces Matías fustigó al asno. El condenado quedó a merced de su propio peso. Su cuerpo sufrió violentas convulsiones y quiso gritar algo, después, murió en silencio. Por minutos, todos los asesinos contemplamos su cuerpo oscilando con tristeza.

Matías nos pidió cortar la cuerda que ataba las manos del ahorcado y comenzó un sermón sobre la voluntad de Dios.

–Lo primero que debemos hacer –dijo–, es mantenernos unidos, nadie de los otros deberá saber esto.

Y siguió con sus palabras, pero no me fue posible escuchar con atención, sólo pude observar como se perdía el asno en la lejanía y la oscuridad, mientras el cielo ennegrecía y estallaba en relámpagos. Supe entonces, que también el maestro había muerto.

–Así sea, repetimos los demás.




 

Rogelio Flores (ciudad de México, 1974). Escribió en las revistas Dimensión Óptica, Arcana, Cambio, La Mosca en la pared y Legión, así como en las antologías Abreletras y Pragmatafora. Autor del libro de cuentos Adiós, Princesa.

 

 

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Comentarios (4)
Déficit
4 Martes 23 de Febrero de 2010 18:04
Rosario
Este año los trabajos presentados al concurso fueron tan malos que el jurado tuvo no sólo que galardonar a un único cuento sino que, además, el cuento ganador no cumple con el requisito de una temática actual.
Pobre gente encargada de seleccionar finalistas y parir chayotes jajajajajaja
Corrió el riesgo
3 Viernes 19 de Febrero de 2010 10:13
Demente
Hubiera preferido un tema que no fuera el de Religión para el cuento ganador, pero también, el atreverse a manejar ésta situación en particular, como lo hace el autor, me parece un riesgo que le resultó.

Saludos
en hora buena
2 Viernes 12 de Febrero de 2010 02:11
xipetotec
Yo dijo que es muy tradicional hablar de religión, Algunas veces he pensado en historias parecidas, sin embargo no creo que sea nada nuevo en el tema. Por otro lado creo que gano el que estaba menos peor de todos los cuentos .en hora buena saludos y felicidades señor Flores.
Congratulations
1 Lunes 08 de Febrero de 2010 23:46
Ramsés-LV
¿Dónde he leído aquello de Judas y Jesús? ¿Dónde? ¿Dónde? Es un buen cuento. No termina de convencerme, pero hay cosas interesantes en él. Lo asombroso es que, siendo el primer lugar, tenga algunas faltas de ortografía. :?

Felicidades, señor Flores.
 

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