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El asesino del aeropuerto

Por Miquel Silvestre
Agosto del 2009

Estoy en el aeropuerto. Todos los aeropuertos tienen un algo en común, como una especie de impersonalidad en fuga. En ellos uno está de paso, uno es quien es pero un poco distinto, un poco menos él, un él de viaje, un él medio disuelto por la urgencia y la huída. En los aeropuertos uno compra revistas que no compraría en su kiosco habitual y hojea libros que sabe despreciables. En los aeropuertos uno hace lo que no haría en ningún otro sitio, como tomarse un café o una cerveza de precio escandaloso servida por antipáticos camareros y contemplar impávido, como si no estuviera allí, el fugaz paisaje humano que va a quién sabe donde. Uno, en fin, examina la gente y se hace preguntas absurdas sobre sus vidas, como la de cuántos asesinos habitan entre la multitud. Aparentemente ninguno. Pero la estadística tiene la respuesta. Es pura cuestión numérica. Un número. Un tanto por ciento. El porcentaje de psicopatas está cuantificado. Y asusta. No lo recuerdo ahora, pero es estremecedor. Al menos a mí me estremeció. En realidad para ser un asesino no es necesario haber matado a nadie. Basta con que llegado el caso puedas hacerlo. Entonces el número se dispara—se dispara el número de asesinos, qué curioso y bien traído juego de palabras—. Siempre he creído que las categorías humanas son fijas, estables, y que se nos muestran desde el primer universo social que conocemos: el patio escolar. En el aula, en cualquier aula, en cualquier colegio, se repiten de forma más o menos similar el porcentaje de graciosos, empollones, chivatos, pelotas, fracasados... y asesinos.

En el aeropuerto conocí el otro día a uno de ellos. No era diferente. No había nada especial en él. O quizá sí. Su vulgaridad, su capacidad para ser cualquiera, eso era lo que le hacía distinto. Leía una revista a mi lado. Mataba el tiempo, simplemente. La lectura ni le interesaba ni le dejaba de interesar. Pero había unas horas que amortizar entre un asesinato y otro. Tal vez la vida no sea sino un breve interregno entre dos asesinatos. La muerte del que pudimos ser y no fuimos, y la muerte de lo que hemos sido. Pero creo que me estoy poniendo demasiado filosófico. De lo que estaba hablando era del asesino del aeropuerto. Yo tomaba una caña mientras esperaba que la cola fuese digerida por el avión. Estaba allí, a mi lado. Lo miré como quien mira el paisaje y me estremecí. Lo reconocí de inmediato. Podía ser cualquier cosa—viajante, turista, ejecutivo comercial, enamorado—, pero no. No era nada de eso. Era un asesino.

Corpulento, pero no atlético, ni culturista, ni cosa alguna por el estilo. Había hecho deporte en el pasado, se le notaba por el volumen compacto y ancho de los hombros, pero ya no le hacía falta. Apretar un gatillo no requiere mucho esfuerzo. La cabeza afeitada debido a una alopecia precoz. El chaquetón de cuero un poco pasado de moda. Podía ser cualquiera, ya digo, pero no era cualquiera. El modo en que leía—más bien hojeaba—aquella revista, como quien cumple mecánicamente una labor accesoria, en ese caso distraerse, lo delató ante mis ojos. Lo reconocí, ya digo, como un funcionario del asesinato. Viajaba, recibía la herramienta, mataba, y se volvía. Mientras tanto leía una revista sin interés como quien resuelve un crucigrama o se come un bocadillo sin hambre, sólo porque se lo ponen delante. Y yo no sentí nada especial, ni asco, ni miedo, ni aversión. Sólo la natural prudencia que se debe tener ante un perro de presa y un algo de estupor ante mi propio convencimiento.

No viajaba en mi vuelo. Terminó su consumición y se alejó. Lo observé camino de su crimen y yo subí a mi avión con un escalofrío en el pasaporte. Cuando llegué a mi destino recibí de alguien sin nombre un arma. Pesada, negra, fiable. Estudié una foto. Reconocí en la calle al objetivo. Asesiné. No sé por qué. No me importan los motivos de quien paga. No necesito excusas, ni ideólogos, ni líderes, ni banderas. Sólo acorto lo que de todas maneras va a pasar. Regresé. En el aeropuerto compré una revista. La leí en la cafetería mientras esperaba mi vuelo. Lo curioso es que ahora no recuerdo de qué trataba.

 

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