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Silvia bucea en el tanque

Por Emerson Wiskow
Agosto del 2009

Durante toda la tarde, Silvia deseó estar en una playa del Caribe mientras se bañaba en el tanque que quedaba en el fondo de su pequeño patio. Al mirar el viejo tanque en el suelo, Silvia no tuvo duda en trasformarlo en una piscina para refrescarse, cuando una gran ola de calor tomó Porto Alegre. Nadie aguantaba quedarse dentro de las barracas del pueblo, un vaho caliente invadía todo. Los moradores recordaban peces afuera del agua luchando por respirar. Las revistas, los periódicos y los abanicos usados por las mujeres del pueblo para refrescarse, eran como agitadores, que pulsaban ávidas por un poco de aire. Nada cambiaba, el calor era insoportable, faltaba el aire y el sol abochornaba. Era un machote fogoso que ardía en el cielo.

Encogida dentro del tanque, Silvia movió los brazos lentamente en el agua como si estuviera  otra vez en el útero, mientras se refrescaba. En su cabeza, imágenes de las playas del Caribe paseaban como tarjetas postales fijadas en su cerebro. Entonces ella miró al rededor y observó el pequeño patio rodeado de barracas, cercas de madera y la invadió una desolación melancólica. Los árboles permanecían estáticos, como asombrados, en un lugar desolado. No había viento, apenas un bochorno terrible. “Voy a volverme loca”, pensó Silvia. “¡Voy a enloquecer con ese calor!”. Silvia metió la cabeza en el agua por algunos segundos, después emergió y llevó las manos al rostro mientras el agua escurría, luego frotó sus ojos y descansó las piernas en los bordes del tanque. Escupió un buche de agua afuera del tanque y aspiró. Sus dedos se arrugaban sin aviso, como si fuera una vieja de quinientos años. El calor la sofocaba, Silvia se quedó inquieta y su vientre empezaba a sentir el quemante calor.

El tanque trasformado por Silvia en piscina, ayudaba a resistir el calor y sustituía las playas del Caribe. El tanque, antes de tornarse la playa caribeña de Silvia, servía para almacenar agua en los días de escasez. Silvia usaba el agua del tanque para lavar sus ropas, regar los follajes, lavar la pequeña área de cemento o para desatascar el inodoro. Ella la utilizaba, de uno u otro modo. El resto era quedarse en su casa recibiendo a sus clientas, para cuidar los pies y las manos de estas. Silvia trabajaba como manicura y pedicura para sobrevivir. Una vida de mierda, retorcida y con poquísimo dinero. Silvia tenía el cuerpo más lindo del pueblo. Morena, muslos gruesos, lindo cabello negro y nalgas deseadas por todos los hombres del pueblo o de cualquier lugar al que ella fuera. Perdía dinero, según Margarete, su vecina y amiga desde hacía siete años.    Cuando Margarete le confesó que estaba trabajando en un cabarét, Silvia casi se fue de espaldas, tamaña fue su estupefacción.  “No era tan malo, cuanto parecía”, le había dicho Margarete. “Hasta es divertido y además gano mucho más dinero de lo que ganaría haciendo limpiezas por ahí”, había concluido Margarete con naturalidad. “Tu estás perdiendo tiempo, tocando los pies de estas viejas asquerosas. Con un cuerpo como el tuyo, tú serías la número uno de cualquier club. No faltarían hombres que te dieran dinero”. Silvia se reía tímidamente y rechazaba los insistentes embates de Margarete. “¡Bueno, tú que sabes! Pero un día te veré convertirte en la reina de un putero” –profetizaba Margarete, concluyendo el asunto.

El vientre de Silvia aún quemaba, sin saber ella el motivo. Prendía fuego. Sobre las barracas del pueblo el sol ardía sin piedad, con una violencia jamás vista anteriormente. El día continuaba extremamente luminoso, con los rayos del sol reflejándose en todo. Algunos tejados de zinc resplandecían y exhalaban un calor terrible. Silvia sentía como si fuera a morir. No aguantaría la ola de calor, parecía insoportable. Ella buceó otra vez, encogiéndose todavía más dentro del tanque. Se sintió ansiosa y tenía la sensación de que algo ocurriría. Su interior hervía y la consumía cada vez más. Silvia se olvidó de las playas del Caribe, tan grande era la angustia que comenzó a sentir el bochorno que asemejaba el aire, como si este fuese un ser vivo, pastoso, invisible e invencible. Agitada e impaciente, Silvia miró a su alrededor. La vieja cerca de madera con algunas tablas rotas la hicieron acordarse de Ricardo. El mismo Ricardo que un día se ofreciera para construir la cerca para ella, cuando los dos estaban enamorados. Silvia tenía certeza absoluta que se casaría con él. Enamorada, Silvia observó a Ricardo clavar tabla por tabla como si él estuviera construyendo los muros eternos que cercarían el amor de los dos, manteniéndoles juntos por siempre. Dos años después de la construcción, Ricardo se marchó, la cerca se pudrió y pocas tablas sobraron sin quedar rotas.

Como un periscopio, Silvia continuó observando las cosas en su recorrido, después de perderse por algunos segundos mientras analizaba la vieja cerca. Su mirada continuó vaga e infinita hasta que reparó en su tendedero. Colgado en él, solitario, como si estuviera abandonado y olvidado, su antiguo vestido rosa, que secaba al sol como un cuerpo vacío. Ella quería vestirlo. Nunca antes tuvo tantas ganas de usarlo como en aquél momento. El vestido secaba, resplandecía bajo el sol caluroso. Era la piel seca de animal, antes llena de vida. El color rosa brillaba al sol. Silvia salió del tanque y corrió al encuentro del vestido mientras el agua aún escurría de sus bellas piernas morenas. Silvia cogió el vestido dejando caer al suelo las pinzas que lo prendían en el tendedero y apresurada, entró en la barraca con el vestido muerto en su brazo, pronta para vestirlo.

 

Traducción de Geice Peres Nunes

 


 

Silvia megulha na caixa d`água.

 

Durante toda à tarde, Silvia desejou estar numa praia do Caribe enquanto tomava banho dentro da caixa-d’água que ficava nos fundos do seu pequeno pátio. Ao ver a velha caixa-d’água no chão, Silvia não teve dúvidas em transformá-la numa piscina para se refrescar quando uma grande onda de calor tomou conta de Porto Alegre. Não dava para agüentar ficar dentro dos casebres da vila, um bafo quente tomava conta de tudo. Os moradores lembravam peixes fora d’água lutando para respirar. As revistas, jornais e leques usados pelas mulheres da vila para se abanarem, eram como gueldas que pulsavam ávidas por um pouco de ar. Nada adiantava, o calor era insuportável, faltava ar e o sol torrava. Era um garanhão fogoso que ardia no céu.

Encolhida dentro da caixa-d’água Silvia moveu os braços lentamente na água como se tivesse de volta ao útero enquanto se refrescava. Na sua cabeça imagens das praias do Caribe passeavam como cartões postais fixados em seu cérebro. Então ela olhou em volta e observou o pequeno pátio rodeado por barracos, cercas de madeira e uma desolação melancólica. As árvores estáticas como assombrações de um lugar desolado. Não havia vento, apenas um mormaço terrível. "Vou ficar louca", pensou Silvia. "Vou ficar louca com esse calor!". Silvia mergulhou a cabeça na água por alguns segundos, depois emergiu e levou as mãos ao rosto enquanto a água escorria, logo após esfregou os olhos e descansou as pernas nas bordas da caixa-d’água. Cuspiu para fora da caixa e fungou. Seus dedos enrugavam-se sem aviso, como se ela fosse uma velha de quinhentos anos. O calor a sufocava, Silvia ficou inquieta e seu ventre começava a queimar.

A caixa -d’água transformada em piscina por Silvia ajudava a resistir ao calor e substituía as praias do caribe. A caixa-d’água antes de se tornar sua praia caribenha servia apenas para armazenar água nos dias de falta. Silvia usava a água da caixa para lavar roupas, molhar as folhagens, lavar a pequena área de cimento ou para desentupir o vaso sanitário. Ela se virava, de um jeito ou de outro. No resto era ficar em casa recebendo suas clientes para fazer os pés e mãos. Silvia trabalhava como manicure e pedicure para sobreviver. Uma vida de merda, retorcida e com pouquíssimo dinheiro. Silvia tinha o corpo mais bonito da vila. Morena, coxas grossas, lindos cabelos negros e uma bunda desejada por todos os homens da vila ou de qualquer lugar que ela fosse. Perdia dinheiro, segundo Margarete, sua vizinha e amiga há sete anos. Quando Margarete confidenciou que estava trabalhando num cabaré, Silvia quase caiu de costas, tamanho foi o choque. "Não era tão ruim quanto parecia", disse Margarete. "Até que é divertido, e além do mais ganho muito mais dinheiro do que ganharia fazendo faxinas por aí" concluiu Margarete naturalmente. "Você é que está perdendo tempo aí, mexendo nos pés destas velhas nojentas. Com um corpão destes você seria a número um de qualquer boate. Não faltariam homens para lhe darem dinheiro". Silvia ria timidamente e recusava os insistentes convites de Margarete. "Bom, você é quem sabe! Mas um dia ainda vou ver você se tornar a rainha de um puteiro" - profetizava Margarete concluindo o assunto.

O ventre de Silvia ainda queimava sem ela saber o motivo. Pegava fogo. Sobre os casebres da vila o sol ardia impiedoso numa violência nunca vista antes. O dia continuava extremamente luminoso, com os raios do sol refletindo sobre tudo. Alguns telhados de zinco resplandeciam e exalavam um calor terrível. Silvia sentia como se fosse morrer. Não agüentaria a onda de calor, parecia insuportável. Ela mergulhou novamente, encolhendo-se ainda mais dentro da caixa-d’água. Sentiu-se ansiosa e tinha a sensação de que algo aconteceria. Seu interior fervia e a consumia cada vez mais. Silvia esqueceu as praias do Caribe, tamanho era a angústia que começou a sentir, o mormaço pairava no ar como um ser vivo, pastoso, invisível e invencível. Agitada e impaciente Silvia olhou em sua volta. A velha cerca de madeira com algumas ripas quebradas fizeram com que ela lembra-se de Ricardo. O mesmo Ricardo que um dia se oferecerá para construir a cerca para ela quando os dois namoravam. Silvia tinha certeza absoluta de que casaria com Ricardo. Apaixonada Silvia observou Ricardo a pregar ripa por ripa como se ele tivesse construindo os muros eternos que cercaria o amor dos dois mantendo-os juntos para sempre. Dois anos depois de construida Ricardo foi embora, a cerca apodreceu e poucas ripas sobraram sem se quebrarem.

Como um periscópio Silvia continuou observando as coisas em sua volta depois de perder-se por alguns segundos enquanto analisava a velha cerca. O olhar continuou vago e infinito até ela deparar-se com o seu varal de roupa. Dependurado nele, solitário como se tivesse abandonado e esquecido seu antigo vestido rosa que secava ao sol como um corpo vazio. Ela queria vesti-lo. Nunca antes sentira tanta vontade de usá-lo como naquele momento. O vestido secava, torrava sob o sol escaldante. Era a pele seca de animal antes cheia de vida. A cor rosa resplandecia ao sol. Silvia saiu de dentro da caixa-d’água e correu de encontro ao vestido enquanto a água ainda escorria de suas belas pernas morenas. Silvia recolheu o vestido deixando cair ao chão os prendedores que o seguravam no varal e apressada, entrou no casebre com o vestido morto em seu braço, pronta para vesti-lo.

 

 

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