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Entre Demonios

Por Javier Terrones Hernández
Agosto del 2009

Javier Terrones Hernández. (31 años de México, D.F) Escribe desde temprana edad, poesía principalmente, librero de profesión, estudia actualmente el segundo semestre de la Licenciatura en Letras Hispánicas en la UNAM. Su cuento, Entre Demonios, resultó ganador del primer concurso de cuento Palabras Malditas.

El escritor mexicano Gerardo de la Torre fue el jurado y dictaminó al ganador en base a la originalidad de la historia, el uso del lenguaje y su estructura narrativa.


 

El infierno se enciende con una palabra.

No es necesario disfrazar la voz, basta una frase para echar a andar el motor de la desgracia. Así comienza esta pesadilla sin fin. Todo gira en el ombligo como una espiral a la nada. De la oscuridad nace su voz como una flama que alumbra y calienta, que da confianza. Cuando llega el dolor es porque ya estoy ardiendo en sus llamas. Su voz apaga la vela cuando hace frío y aviva la hoguera de sus palabras. Me consumo en recuerdos y revivo mi muerte matando a mi alma.

“No sé qué pasó, güey. Nunca los había visto pedos. ¡Créeme! Tienes que creerme”.

Y otra vez su voz, una más, quebrándose como la noche, inoportuna como los aguaceros de marzo.

La lluvia resbala por sus mejillas. Lava las lágrimas de su cara de ángel. Qué bien le sacaba partido, como a un revolver en la sien del destino. Esa linda carita ya la había sacado de dos o tres apuros, ¡qué diablos!, si era la misma la que se los procuraba. “Con esa cara te has ganado el cielo”, le decían, pero podría jurar que era el cuerpo el que la mantenía a ras de suelo sin dejarla despegar; tan acostumbrado como estaba a los vicios, la llevó a conocer el horror de los subsuelos.

Tu cara brillando en la penumbra ambarina. Trémula luz de ciudad.

Qué fácil fue encularme contigo.

“...bueno, sí, güey. Un chingo de veces. Pero nunca tan pedos ¡Créeme, por favor! Nunca tan pedos.”

Cómo creerle si ni yo me la creo. Esa noche, contigo; estas horas, aquí… después de todo. Sobre todo después de todo. Esta asquerosa omnipresencia burlándose de mi mente: hay un tipo raro, parecido a mí, en frente de ti; a espaldas, conmigo. Pobre diablo sosteniendo de los hombros a un dragón enfermo, envuelto en faldas. Si acaso lo sostengo con sobrada firmeza, quiero pensar que no es el miedo, sino la mera precaución a ser devorado. No hay más, ese súcubo eres tú. Perdona si te confundo. Son estos efluvios de mierda que no dejan entenderme poniéndole un velo de tul a la cordura. Por lo mismo no esperes que te crea, mucho menos que te entienda. No pierdas el tiempo como has ido perdiendo esa gracia tan tuya de hacer creíbles las mentiras.

“...bueno, sí, güey, tal vez más... algo más... muchas veces ¿Qué pinches quieres que yo te diga?”

Quisiera que se callaran. Que me dieran tiempo de desechar esta locura para poder pensar. Qué voy a hacer ahora. Cómo diablos voy a salirme de ésta. Su voz me persigue, me aturde. Sus guañidos de puerco taladran mi cabeza, resuenan en mi nuca como un badajo.

—¡Ya vienen a chingarme otra vez!

Casi nos reventamos las piernas devorando media colonia, saltando basureros, tomando atajos, pisando charcos y cacas de perro… para llegar hasta aquí, más cansados que seguros, fuera del alcance de nuestra paranoia. Y, mientras trato de recuperar el aliento, sigues inclemente tu recua de farfullas entrecortadas con berridos mocosos y tu natural incoherencia.

“...además no estaban pedos, güey, más bien cruzadotes los muy grifos...”

Me vale madres cómo chingados estaban. ¡Están muertos y basta! ¿Qué estás tonta y no entiendes? ¿Será posible que la maldita droga ya te haya jodido el cerebro, carajo? Quisiera gritar, meterte un puño en la cara y acomodar tus pocas ideas. Pero tus ojos me detienen. Arrasados en lágrimas, ya no me miran. Sus pupilas inmensas, perdidas, se detienen antes de rozar las mías a medio paso de nuestras miradas. Sin embargo tus ojos mandan, aun envilecidos guardan hechizos para dominar a las bestias. El monstruo en que me has convertido aboga por tu indulgencia. Te lo perdona todo. Calla. Tiembla.

“Pero nunca hacían tantas pinches pendejadas... por ésta, güey...”

El beso en la cruz formada por tus dedos me aclara la mente, me da calma y caigo en la cuenta. Aún te amo. Termino embarrándome en el fango otra vez.

Trato de estudiar la situación. Es difícil cuando todo y tú me dan vueltas. Me aferro a tus hombros con la vana esperanza de ponerle fin a este vértigo. Trato de encontrar un equilibrio entre el murmullo del tráfico y tu escandalosa tarabilla para escuchar mi voz. Un avión surca los cielos. Estiro los ojos tratando de verlo. Nubes de concreto ensucian la noche. Sólo consigo escucharlo y que la lluvia moje mi cara. El metro bosqueja un fugaz horizonte. Otra vez el escándalo...

“...bueno, sí las hacían pero no pedos, güey; en su juicio, como culeros que son...”

Una morena de ojos de yegua nos mira. No nos quita la vista de encima. ¿Qué se creé? ¿Te mira a ti o a mí? Me da mala espina. Hay más travestidos rondando a su lado pero sólo él me inquieta. ¿Qué tanto nos mira? Es alta, morena, cabello con luces, estirado por una diadema y luego en cascada, rizado. Sus ojos son grandes, son negros, nos miran. Se da media vuelta, hace señas a un taxi en la esquina. Sonríe coqueta con unos peatones, flirtea a otra pareja, da vuelta girando sobre sus tacones, enciende un cigarro, levanta la vista y nos mira de cerca. ¿Qué tanto nos mira? Te mira las piernas, repara en mis manos. ¿Qué se traerá ésta? Me da mala espina.

“...es por eso que no sé ni madres de ellos. No me preguntes, güey...”

Trato de mirar cualquier cosa, quitármela de la vista. Dos hombres discuten en la otra esquina; hace un rato llegaron del brazo. Sola, titubeando a mitad del andén, una muchacha con cara de suicida. Un automóvil de repente se amarra; bajan dos gorilas y suben a patadas a una de las putitas. La cómplice indiferencia de la gente. Niños corriendo, descalzos bajo la lluvia. Llega el metro y la muchacha de la estación se frota los brazos y tiembla de miedo, quizás se anime al próximo; es muy joven todavía, no será éste su último tren. La yegua, por fin, agarró cliente; se empina a través de la ventanilla de un coche y entre sus nalgas atisba una tanga fosforescente. Qué ternura, me digo y no logro ocultar la sonrisa.

“...siempre andaban con sus mamadas, güey; pero pedos es otra cosa. Otra cosa, cabrón. ¡Entiéndeme! ¡Tienes que entenderme!...”

Mis ojos no paran. Vagan de piruja en piruja, de escote en escote. Entre esta gangrena de ciudad, salpicándose, hasta descansar en la luz de unas letras rojas: Hotel Condesa.

“Cuando estás al tiro, tus mamadas son tus broncas, güey; las haces y las pagas, cabarón. Tú sabes, ¿qué no? Pero, no mames, cuando estás pedo no eres tú. Es el puto alcohol o la chingadera que te haigas metido; pero ni madres, no eres tú, no se pueden controlar esas chingaderas. No se puede.”

Te tomo de la mano, mordaza bendita, se cierra en automático tu boca. Te conduzco al hotel. Mi mano derecha empuja la puerta como si fuese una salida de emergencia. Adentro, cerradas las puertas detrás de nosotros, el golpe de silencio, la luz en la sala. La brutalidad me petrifica un instante en el desconcierto del recibidor. Tú sólo me sigues, nunca has hecho cosa mejor, pero desde el estruendo de los balazos hasta el silencio del hotel, tu voluntad no aparece por ningún lado. Así eres siempre que se te va la mano con las porquerías ésas. Una sonsa marioneta. Así no eres, más bien. Triste muñeca de trapo.

Digerido el impacto del silencio, giro a mi derecha y quedo de frente a la recepción que aparece detrás de nosotros donde una gorda cacatúa nos mira como si fuésemos insectos bajo la lupa; gruesos cristales con los que podrías ver el futuro, suspendidos para siempre, encarnados quizá, en ese rostro de espantapájaros pintarrajeado de fatal menopausia. Saco mi cartera, luce gorda también, a punto de reventar, pesado testimonio de una noche de gloria y carambola...

Tenían que haberme visto. Cuatro horas jugando póquer fueron suficientes para reducir el peculio de mis contrincantes a un desesperado todo o nada en el triángulo de las bolas. Está bueno, les dije, pero yo pido mano; y aún me quedaban tres ases bajo la manga. Me disculpé con la idea de despejar la mente: Ahora vuelvo, vayan preparando la mesa. No me la creía. Me jalé una raya, casi ceremonial, en el baño. Cuando salí, en mi mente, ya había ganado la partida: un juego perfecto. Apuré el último sorbo de mezcal con todo y gusano. Seleccioné el mejor de los tacos, me sonrió al contacto de mis manos, lo acaricié con tierna avaricia y, en silencio, pegado a mis labios, le fui rezando todas mis fantasías...

Todos me miraban expectantes y no dejaron de hacerlo hasta que la bola lució su sorna blancura en el desierto de verde paño, triste y despoblado augurio de la ruina de esos pobres ilusos. Había ganado. Los había hecho polvo. Algunos mirones me aplaudieron, los que no, me palmeaban la espalda. El rey de la Cueva. Una rubia de filosas caderas me dio un beso en los labios. Hice una seña exigiendo otro bien merecido trago y, como un niño extraviado, busqué tu sonrisa.

Tu cómplice mirada no estaba por ningún lado.

Saco media milpa y la arrojo sobre el mármol, al borde de la ventanilla. La mano de la cacatúa, anillos de bisutería y el suspiro de lo que fuera un extra largo mentolado, lo desaparece en el acto. Me escupe en tres billetes el cambio; como un prestidigitador los arrugo y zambullo, de inmediato, en mi bolsillo. Me da asco pensar. Pinche gorda, culera como la vida. Esa mano que huele a pescado, pachona y nudosa, gruesas las uñas, cascado el barniz, es la misma que lleva al cigarro hasta la cloaca que la vieja delinea de boca; la misma mano que evoca lujuria de remotos años; imagino ese hedor peludo donde, olvidados y fríos, se van ajando sus muslos, largas madrugadas tomando al hastío por asalto. Entonces lo siento, más tristes y lejanos se van quedando los sueños que nunca alcanzamos.

Miro sobre mi hombro para ver si me sigues y al pasar a mi lado, cojeando, lo noto, perdiste un tacón en la fuga. Con una sonrisa celebro la perversa idea, de seguro lo enterraste en el hocico de aquél indigente con el que tropezamos y luego pateaste antes de vomitarlo. Ya debería de haber estado muerto el infeliz… espero.

El ascensor nos abre las puertas a un futuro incierto. Te tomo en mis brazos y, no sé por qué, devoro tu boca a punta besos de rabia y descargo. Tu lengua sabe a alcohol, a tabaco y a semen, a vómito y también a algo podrido; y pienso que eso se debe a este absurdo idilio que llamamos amor. Mi mano inicia el éxodo en tu espalda, hacia al sur, y húmedamente descubro que en el pavor de la huída olvidaste las bragas. Es una lástima, me quedo con ganas de tirar de ellas hasta arrancártelas.

Tercer piso. Entramos al cuarto. No soporto más mis bajas urgencias y me desvisto; entras al baño olvidando, o no, cerrar la puerta. Te sacas tu chaquetita, te descalzas; de un solo tirón, desenvainando una espada, te deshaces del rojo y vivo talle de un vestido que descubre la inerme palidez de una piel extraviada entre los azulejos a pesar del barullo de tu cabellera, del pequeño tatuaje de la Jolly Roger, como usureras letritas de un contrato, en tu omoplato y, qué raro, un hilo de sangre huyendo de tu entrepierna...

Quise compartir contigo la hazaña y subí a buscarte al cuarto. Seguro, aburrida, subiste a polvearte la nariz. De tres en tres los escalones. Estaba feliz. Cuántas tardes tumbados en sucios colchones soñando el mar. Barcelona, ¿por qué no? Si se trata de soñar, hay que soñar en grande. Lavar con las aguas del Mediterráneo las sombras de esta ciudad que nos hace tanto daño. Cuántos asaltos a las farmacias, cuántas madrizas, el balazo en mi espalda, tu subir y bajar de tangas tan despacio, el eterno camellear por las calles, el incomodo resoplar en nuestra nuca de la policía, y, de pronto, en una noche de suerte, los ahorros de toda una vida se ven elevados a la potencia de nuestros anhelos.

Para qué tocar, la puerta se abrió, apenas con el peso de mi sombra; y, emocionado, pasé por alto los bramidos que venían por lo bajo…

Ante mí, en vivo, la escena obscena de un cine porno: Tres sátiros cabrones desgajaban a la muñeca de trapo. El uno sodomizándote con furia, el otro haciendo lo propio en tu boca, un tercero mamando tus ubres y tú... ¡Gozándolo, puerca inmunda!

—¡No se rían, idiotas! ¡No se rían!

Sentado. Desnudo. Colgados los ojos del ventanal, miro sin ver al metro que se escabulle en las sombras como un gusano entre los higos. Ha dejado de llover. Pego la frente al cristal, las putas más rucas siguen su peregrinación al olvido; las más jóvenes van por su segunda, su tercer vuelta.

Siento en la nuca el escozor nauseabundo de una mirada. Ojo tupido de pestañas, escupe su hedor de mil batallas. Tus piernas abiertas, antenas quebradas, cubren el rostro sin vida de un cíclope que yace en la cama. Tu canto de cisne fue el vertiginoso rugido de un Jaguar fabuloso, su carnívora parrilla, bufando, rugiendo con ganas. Mis manos se aferraron al volante de tu cuello y pisé el acelerador hasta el fondo, hasta que derrapaste, en la última curva, tu mísera vida...

No les di tiempo ni de mirarme. Saqué a la Juliana. Sólo tres palabras, certeras, contundentes, como bolas de billar en las buchacas: bang, bang, bang y cayeron al suelo. Tú rebotaste contra la pared como una pulga, chillando. Nunca supiste hacer otra cosa.

 

Tocan a la puerta.

Ya los esperaba. Para qué contestar, saben que estoy aquí.

Desquiten su sueldo, derriben la puerta.

No sé por qué me guardé dos tiros. Debí de haberte matado ahí mismo como a las perras, con algo más que el rabo metido entre las patas; como a las cerdas, con la fruta clavada hasta la garganta.

Salimos corriendo de la Cueva. Chillabas cual pinche puerca, no mames, nunca supiste hacer otra cosa. Tomamos atajos, toreamos el tráfico, saltamos las rejas, descogotaste al borracho, regamos la basura, pisamos los charcos y cuando al fin te sentiste segura: te fuiste a la verga con las últimas mentiras y un grito de auxilio exprimidos con odio entre mis manos.

Valió madre.

—No te muevas, cabrón. Párate lentamente y cuidadito con intentar cualquier pendejada.

—Está muerta, pareja.

—Huy, huy, huy, ahora sí la jodiste. Con mucho cuidado, recoge tus trapos y tápate las miserias. Esto va pa’ largo. Cuatro muertitos, eh... ya ni la chingas, cabrón. Ahora sí la hiciste gacha.

Manso, me pongo la camisa. Recojo con la vista el resto de mi ropa, resignado. Al levantar los pantalones, debajo del edredón: el guiño metálico de mi fiel Juliana me sonríe, recordándome que, guardadas en su vientre, aún quedan por decir dos simples palabras. Mi noche de suerte.

Escondida entre mis calzones, pedorrea Juliana, certera como siempre, sus últimas balas. Un golpe en mi pecho me avienta de espaldas contra la ventana. Lo último que veo son mis pies descalzos dejando allá arriba al cuarto de hotel, mirándome tierno con su luz rosada; bailarinas, cortinas al aire, me dicen adiós, mientras vuelo entre los destellos de una filosa lluvia de vidrios derechito al infierno.

—Y ahora sí, cabrones ¡Ríanse! ¿Qué esperan? ¡Ríanse!

Prefiero sus risas carcomiéndome las tripas que recordar la agonía de su voz. La tarabilla desesperada de aquella noche que no logro olvidar. Me quedo en cuclillas como un puerco triturando al odio entre los dientes. El culo, mis puños, inútiles y reventados. Ni siquiera el dolor es capaz de arrancarme el recuerdo.

Me quedo solo.

Ya regresarán con sus burlas nefastas, sus muecas idiotas, trayendo consigo tu voz y el recuerdo de aquella noche. ¡Farsa de mierda! Tus ojos bajo la lluvia y esta rabia que no me deja…

El chirlo eterno de tu dulce carita que me hiere y no cesa… que me mata y no cesa… no cesa.

 

 

 

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Comentarios (1)
increible
1 Miércoles 03 de Febrero de 2010 03:30
daniel santiago
sublime documento.. el sentimiento es transmitido hacia mi a travez de las palabras..es un torbellino de ira..genial :@
 

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