Alopecia
Por Juan Carlos de León / Enero del 2011
Hay alguna idea original en mi cabeza, en mi cabeza calva.
Tal vez, si fuera más feliz, no se me caería el pelo.
Adaptation.
Todo comienza esta mañana, cuando aparece una idea original en la cabeza de alguien, digamos que es alguien a quien le llegan ideas originales frente a la computadora y nunca logra escribirlas. Pongamos que tiene un nombre, pero no se menciona, puesto que apuesta por el anonimato: es el anónimo dos mil, en un país de 100 millones de habitantes, o bien podría ser el trescientos en un país pequeño: es lo de menos. Lo demás es que se ha quedado solo con una idea original en la cabeza. Su cabeza es calva, quizá por eso tiene ideas originales, pero por eso también está solo.
¿Por qué me dejas? ¿Porque soy calvo?
No, porque eres un hombre calvo
Así fue el diálogo esta mañana, los mejores diálogos se dan por la mañana, para eso se crearon las mañanas. Pareciera una broma absurda, pero es cierto: esta mañana ella lo dejó porque era un hombre calvo. Quizá si hubiera sido un medio hombre no tan calvo y hubiera sido otra mañana, jamás lo hubiera dejado. Pero así sucede cuando no hay nada más que decir. Uno puede tener mucho pelo, pero frente a una mujer decepcionada y decidida es demasiado probable que te miren como un hombre calvo y te abandonen.
Entonces, ¿te vas?
Sí.
La pregunta había sido la respuesta, que en toda relación debe de hacerse, de no hacerla se corre el riesgo de parecer loco, pero es mucho más triste ser abandonado por ser calvo y no por ser loco, al menos así lo sintió esa mañana de inédita franqueza pues con anterioridad a otras mujeres les preguntó lo mismo y le dijeron loco y él pudo superar la ínfima desgracia, porque un abandono por locura es un lugar común, pero ante la calvicie es un martirio.
*
Pero es justo describir el encuentro de ambos: pongamos que fue durante un invierno al sur de la ciudad en una noche sin estrellas como las que hay al sur de la ciudad, pero era de noche y él estaba sentado en una mesa afuera de un café, tomando coca cola por cierto, pues el café de esa zona le parecía malo, o quizás no le apetecía el café, pero el lugar era cómodo y le servía para escribir en una de sus libretas todas las contradicciones de su vida, que eran muchas, las cuales le servirían en un futuro, pensaba, para escribir un cuento, un cuento simple para mentes complicadas, volvía a pensar y suspiraba.
Así pasaba el tiempo, suspirando. Luego escribía a ratos sin darle más que dos sorbitos a la coca cola.
En el reproductor portátil de ella se escuchaban canciones pop, mientras ella pensaba en comprar zapatos, zapatos caros con decorados azules, le encantaban pero jamás podía comprarlos porque el sueldo que recibía del trabajo en el supermercado le era insuficiente, pero eso a ella no le importaba, le fascinaba la idea de comprar los zapatos y eso la llenaba de gozo. Así eran los objetivos en su vida: plantearlos sin un orden específico e irlos consumando con la pura fantasía, eso a ella le parecía genuino, así también se hacía de novios y de amantes con el rostro de algún artista famoso, siempre y cuando tuvieran el cabello largo, no exigía ningún compromiso, se justificaba, luego los registraba en su mente y lucubraba con ser poseída sexualmente por alguno de ellos, se imaginaba también ser fotografiada infraganti en posiciones excéntricas e incómodas como los pingüinos en celo y en ocasiones planeaba rituales chamánicos en casa, cuando volvía del supermercado. Para mantener su belleza intacta, se untaba cremas de membrillo y aloe vera en la cara y profería una serie de palabras inverosímiles y sin ritmo. Ella era muy bella, se podría decir que era auténticamente bella, de esas que son difíciles de encontrar en las ciudades grandes.
Empezó a sentir un leve escozor en el vientre cuando las canciones pop repetían una hermosa frase de amor sabor a caramelo, entonces entró en el café del sur de la ciudad para dirigirse al baño. Ya dentro no se brindan detalles ni explicaciones, porque la escena se corta y luego se traslada cuando ella da la gracias a un mesero que dice Sí a todo sin mediar palabra, ella sonríe y se marcha, así sin más se marcha hacia la salida del café, pero a punto de continuar el camino rumbo a casa algo le llama poderosamente la atención: voltea y lo mira a él sentado en una mesa muy al fondo, una escena en cámara lenta se deja apreciar, lo que nos ha brindado el cine para conmovernos, los ojos de él abandonan el cuaderno de apuntes y los ojos de ella miran fijamente la coca cola, la imagen de él y la coca cola le parecen simpáticos, los ojos de él la buscan con frenética urgencia, los ojos de ella por fin se cruzan con los ojos de él y lo siguiente es un encuentro común y una historia de amor, con un poema de por medio, que termina hecha pedazos.
Tiempo después, mucho tiempo después de haber compartido cobertores y olores en la cama de él, de intercambiar ideas sobre los impuestos y el color de la playera de la selección, de identificar cada uno de sus gestos, la flacidez de sus brazos, de sus piernas, de la caída constante de su pelo, también de aprender a fingir que toda va bien, cuando las cosas van mal, él sigue escribiendo, suspirando y pensando en su escritorio con una idea original que le ronda en su cabeza calva, pero de algún modo enamorado de ella; mientras ella se harta cada vez más de la poca atención que él le presta a sus rituales y a sus recitales excéntricos. Ella decide volver a su habitual rutina de imaginarse, ahora, a un famoso torero con coleta que le hace el amor muchas veces en el ruedo.
-Y se va, así como llegó se va.
-Con un Sí, como respuesta en su partida.
La historia de ellos fue la más común: se encontraron, se consumieron y se desecharon. Sin embargo esto a él le provocó, primero, una gastritis espantosa por el café que ella le preparó la última vez, y segundo una tremenda angustia por desconocer el final de su cuento. Entonces pasan dos meses luego, la gente grita enloquecida por ganar el campeonato mundial, pero a él le interesa poco, así sin más le interesa poco todo, sólo busca escribir sin que nadie lo interrumpa, ni siquiera prueba bocado ni ve pornografía, lo cierto es que la pornografía jamás le interesó, pero tampoco le consuelan los comerciales de detergente en la madrugada. Lo cierto es que ahora está sólo.
Pero aunque le asalte la incomprensión del abandono, la idea original le ronda con afán desmedido. Debe escribir el final del cuento, el final con base en esa idea original, pero la sola idea de terminar un estúpido cuento mientras atraviesa por la crisis lo lleva a consumir grandes cantidades de mermelada de chabacano untada sobre pan de linaza, sintonizando en la radio canciones juveniles pop mientras llora como una adolescente, y se le despierta una fijación por aromatizar el baño, cambiar de funda a las almohadas, lavar miles de veces un vaso con restos de avena, fumar orégano con hierba de San Juan para tranquilizarse y eso sí, escribir incongruencias que aminoran su poco deplorable estado.
Mientras la tarde se pone, piensa que debería llamarle y no decir nada hasta escuchar que ella diga: “¿Por qué no contestas hijo de puta? Te extraño demasiado”. Haciendo el papel de ella, el de las fantasías. Y amarla después de esto y seguir sin decir nada y después hablar largo rato aunque ella haya colgado miles de minutos antes. Quizás debería lavarse los dientes y buscarla, tocar la puerta de su casa insistentemente sabiendo que está en el trabajo y hacerse el idiota valiente y gritar para que todos los vecinos lo escuchen y pensar que ellos piensan que es un idiota valiente. Es un idiota, pero es valiente, sabrá que pensarán.
Y pensará también que debería llegar al trabajo de ella y fingir que le da un paro cardíaco enfrente de la caja registradora para que ella se sienta culpable, y soltar de su mano una serie de hojas que será un cuento dedicado a ella. O tal vez interceptarla alevosamente en la calle y hacerle un desdén para que ella lo siga y le pida perdón y le diga que fue una idiota y que quiere volver a la casa, pero que le dé un fin de semana para acomodar sus cosas en la maleta, y que mientras se concentre en escribir. Pero eso ya no tendría una lógica, pero lo piensa: piensa que ya no tendría lógica buscarla, por eso de buenas a primeras, después de cortarse las uñas, se va a un grupo de anónimos buscando comprensión, y se presenta:
-Buenas noches compañeros, mi nombre es Sansón C. y soy calvo.
Y todos los del grupo, aunque no entienden, le aplauden porque es un calvo entre enfermos emocionales que no son calvos, pero sí solidarios y anónimos. Y todos lo abrazan con brío y entusiasmo, lo arropan, le ofrecen café y cigarrillos, y hablan de su adicción a las sustancias, y unos de su compulsión al sexo con conejos y a golpear mujeres, y otros más de su complejo de Edipo y a saltar de los puentes, pero jamás de su frustración por tener ideas originales y a quedarse solo por ser calvo, mucho menos por ser un hombre calvo abandonado. Por eso, por su diferencia al resto, se siente desplazado y decide no volver jamás.
Camina unas cuadras y sube a un taxi que conduce un analista político, que también es taxista, y comienzan a hablar, a hablar de cosas interesantes y de la ciudad y de los programas sociales de la administración y de los abandonos.
-Ya le digo, joven, se largó sin decir mi alma, figúrese
-¿Ah, sí?
-Me dejó porque pasaba mucho tiempo viendo la tele, usted cree
-A mí también me abandonaron
-¿Ah, sí?
-Me dejó por ser calvo.
Alertado sobre las transas del gobierno, baja del taxi que es propiedad del gobierno y queda frente a una peluquería y él se imagina que todos son felices, tanto las mujeres de cuerpo musculoso con tijeras, como los hombres que se deshacen de su pelo, y lo confirma porque escuchan la radio y bostezan, y si escuchan la radio y bostezan y se deshacen de su pelo, piensa, sin duda no les duele ni les entristece nada. De manera sorpresiva empieza a cuestionar su existencia, pues cuando uno está frente a una peluquería es inevitable caer en filosos cuestionamientos sobre su destino, más aun cuando hay quienes bostezan y escuchan la radio. Sin quitarse la imagen de la mente, se le ocurre la grandiosa idea, más no original, pero sí desesperada, de entrar a la peluquería y dirigirse con una de las mujeres, con la mujer que tiene la espalda más amplia, rasgo físico que le indica autoridad, y comprarle su rubia cabellera, imagen que descarta y cambia de tonalidad:
-Le compro su cabello
-¿Está enfermo?
-¿Cuánto pide por el castaño?
-Mejor siéntese, le traigo un poco de agua.
-En verdad, ¿cuánto quiere?
-Lo mejor es que se vaya o llamo a una patrulla. Viejo loco.
(Por cierto, ella no aparece más en esta historia, sólo se sabe que dejó una carta al rayar el sol junto al microondas, después de una tremenda borrachera, y la cual estaba perfumada de atinadas mentadas de madre)
Extenuado regresa a casa. Es de noche, noche de serpientes enredadas en los ojos. Todavía con esa estúpida idea original que debe plasmar en el cuento y que es urgente. Con una soledad infinita que raya en la locura, sin una mano cálida que le acaricie el cuero cabelludo, como ella solía hacerlo, sin sus mascarillas monstruosas y sus cánticos africanos, con un sinfín de esperanzas rotas. Sin pensarlo demasiado se tiende en el sofá y enciende un cigarro, el tercero, y entiende que la vida es un manto de exageraciones –de vez en cuando hay que exagerar un poco- se dice, y continúa fumando y fuma hasta quedarse dormido en medio de un lugar lleno de lenguas de fuego. Afuera, frente a la ventana de su departamento una pareja de muchachos deja de besarse y mira azorada cómo se consumen las ideas más originales que jamás pudieron haberse concebido.
A veces en mis sueños, me veo marcándole al teléfono para que venga y me detenga en mi afán de destruirme con tanta palabra inverosímil que me encanta, pero no me deja satisfecho. De hecho ya quiero despertar, pero tengo un miedo inmenso de encontrarme solo en esta habitación, con esta historia poco elocuente y enriquecedora, y más aún con un amasijo de pelos en mi almohada.
Juan Carlos de León nació en la Ciudad de México en 1981. Es egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado en diversas revistas impresas y digitales de México, Perú, Chile y España con entrevistas, ensayos, reseñas y algunos relatos.




Comentarios
Me gustó lo íntimo y lo cálido del cuento. Me gusta su ritmo así como el que estuviera escrito la mayor parte del tiempo en tercera persona para cambiar al final a primera persona.
Gracias por el cuento, hace mucho que no disfrutaba tanto con una historia.
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