Ocio Mórbido y Enfrentamiento entre pandillas
Por Davo Valdés de la Campa / Mayo del 2011
Ocio mórbido
Martha llegó a la morgue. Le habían hablado una hora antes para pedirle que fuera a reconocer un cuerpo. “Posiblemente el de Pablo, tu novio”, dijo una mujer por teléfono.
Martha sintió que la voz tenía un sonido metálico. Después de recibir la llamada, se sentó sobre el sofá, fumó un cigarro lentamente, lo disfrutó y después de unos minutos salió de su apartamento. Se subió al automóvil, pensando qué ruta tomar para llegar más rápido, aunque realmente no tenía tanta prisa. “¿Cómo habrá muerto? ¿Cómo se verá un muerto?” Martha nunca había tenido contacto cercano con la muerte, sus abuelos seguían vivos (y cenaba con ellos repetidas ocasiones al año), sus padres también sobrevivían (estaban divorciados pero respiraban aún) y ninguno de sus amigos había sufrido un accidente fatal y tampoco tuvo mascota alguna que llorar en la infancia.
En un crucero mientras esperaba que la luz verde apareciera, Martha trataba de recordar qué hacía antes de recibir la llamada. Tal vez prepararse unos macarrones con queso o mirar la tele-visión, no lo sabía con certeza. Hacía unas horas que salió de trabajar, compró la cartelera del cine para ir, pero no quiso hacerlo sola y optó por irse a su departamento. “¡Qué bueno que llegué a casa, de lo contrario no hubiera recibido esa llamada!”, celebraba Martha mientras avanzaba tras una larga fila de automóviles.
Ya en la morgue, la recibió la secretaria que la había llamado. Martha miraba con asombro el movimiento del lugar. Se sentía en una película policíaca. Después de una breve espera salió un joven preguntando por ella. Lo miró y pensó que era muy atractivo. “Hace unas horas llegó el cuerpo, lo enviaron directamente ya que falleció en la ambulancia. Al parecer alguien lo atacó durante una riña en un bar del centro de la ciudad y lo apuñaló ¿Está segura que quiere verlo?” Martha sólo asintió con la cabeza. Algo en su estómago se revolvía. El lugar tenía un olor muy peculiar. Junto a Martha entró el joven y otras dos personas que al parecer eran estudiantes de Medicina. Ingresaron a un cuarto débilmente alumbrado. Las ventanas amarillas iluminaban hacia una mesa donde yacía un cuerpo. “Ése debe ser Pablo”, pensó Martha, mientras intentaba imaginarlo bajo la sábana azul que lo cubría.
El joven prendió una lámpara. Los estudiantes se colocaron tras él. Anotaban algunas observaciones. Martha se quedó quieta esperando cualquier indicación. El joven médico quitó la sábana. Todos se estremecieron al ver el cuerpo. Tenía la cara destrozada, el labio partido e hinchado. Un ojo totalmente cerrado, incluso se alcanzaba a dibujar la suela de un zapato en su mejilla. Sangre en el pecho y una herida en la parte baja del vientre. Era una imagen terrible. Martha lo miró con detenimiento. “¿Es su novio?”, preguntó uno de los estudiantes. “Yo no tengo novio”, respondió y salió del recinto casi corriendo. Los estudiantes voltearon a ver al joven doctor que fruncía el ceño. “Es parte del proceso”, dijo finalmente mientras cubría el cuerpo inerte de Pablo.
En la recepción, la secretaria se daba de topes con el teléfono. Acababa de darse cuenta de que había marcado un número equivocado. Casualmente contestó otra Martha: que no sabía de Pablos, de riñas ni de muertes y, por supuesto, que no tenía nada más qué hacer esa noche, salvo comer macarrones y mirar televisión~
Un enfrentamiento entre pandillas
Cuando inesperadamente perforé su cabeza, pude conocer sus pensamientos, tuve acceso a su pasado, a su sentir, sus recuerdos. La sangre y las vísceras, los sesos en todo mi cuerpo transfirieron sobre mí la facultad de saber y conocer a mi víctima. No estoy seguro de poder llamarla víctima. Yo estaba perdida, lejos, en un barrio diferente. El azar fue lo que me llevó hasta esa pequeña ventana de baño y sin querer maté a esa mujer. Mi historia no es tan importante como la de ella.
Nació en la Ciudad de México, creció en colegio de monjas, sus padres sobreprotectores pero ausentes la fueron empujando hacia una crisis existencial. Huyó de casa. Trabajó en Cuernavaca algunos años, la prostitución fue la única salida. No fue fácil, tampoco fue difícil. Tuvo muchos hombres, un perro pastor alemán, sembró algunos árboles: limones y guayabas. Escuchaba música muy poco, leía a Benedetti, nunca iba al cine porque decía que era mirar lo que no podía nunca suceder. Regresó a la Ciudad. Algo la llamó. Conoció a un pintor, se enamoraron. Ella se enamoró. Él la buscaba para tener sexo, al principio resistió los encantos del hombre pero terminó cediendo ante su instinto y dejó de cobrarle. Él la utilizaba. La hacía sentir sucia, él entre todos los que se acostaron con ella logró que se asqueara de su cuerpo, de su debilidad que hizo que reconociera su soledad, su vacío, su desesperación por vivir sin encontrar la forma de salir de una mierda exasperante. Un día, después de comer. Un café, cigarros y un pastel de queso, fueron a su departamento. Hicieron el amor. Ella estaba entusiasmada, él le pidió que se callara. Tenía sueño. La mujer sintió su pecho quebrarse. Entró al baño. Se quería enjuagar. Limpiarse la suciedad y echar al pintor hijo de puta a la calle. Nunca más volver a verlo. Regresar a Cuernavaca, dejar ese pasado atrás. Con sus ahorros podría descansar de todo. Buscar otro oficio. Escuchar música, ir al cine y vivir otras vidas, leer algo más que poesía de amor. El jabón se resbaló de sus manos. No se agachó por él. Muchas personas mueren al pisarlo pero no fue él su verdugo, fui yo. Alguien jala el gatillo de una pistola, se están enfrentando dos pandillas. La bala retumba extraviada entre los edificios. De pronto, su sien caliente, casi dolor, luz blanca, silencio, ¡plop!~
Davo Valdés de la Campa. Escritor morelense nacido a finales de los 80. Fanático de las películas de zombies, tiene seis perros, melómano, cinéfilo, ermitaño, vegetariano. Tiene una barba naranja que le sirve para navegar entre planetas. Tiene una debilidad por los autores estadunidenses y rusos. No sabe manejar, sufre de hipersomnia. No sabe mucho, pero le gusta leer y escribir. Publicó Relatos de un mundo depravado (EdicioZetina, 2010) y escribe su columna “La Ventana Indiscreta” en La Jornada Morelos. Actualmente es beneficiario del Programa de Estímulos a la creación y el desarrollo artístico con su novela Las mariposas.




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