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Dos poemas del Hombre Elefante

Por Adán Medellín
Agosto del 2009

Adán Medellín (Ciudad de México, 1982). Estudió las carreras de Ciencias de la Comunicación y Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha colaborado con cuento, ensayo y poesía en distintas revistas literarias y culturales, entre ellas, Punto de Partida (UNAM), La palabra y el hombre (UV), El puro cuento, así como en libros colectivos universitarios. En 2007 ganó el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol convocado por la UV. Actualmente es jefe de redacción de la Revista Rúbrica, publicación de Radio UNAM, y es corrector de estilo de la revista Playboy México.

 

DOS POEMAS DEL HOMBRE ELEFANTE

J. MERRICK, SR.


todos tenemos un padre ausente
sepulto
o un lunático triste que fue por cigarros y nunca volvió
mi padre fue el eterno segundón el impuntual empedernido que no hacía reverencias a los jefes
nunca fue el hombre a seguir nunca obtuvo un ascenso no compramos un coche
pero en todas las fiestas de cumpleaños hablaba muy propio había leído montones de libros amaba a Sandokan
mi padre tenía ciertamente una dinámica de la vida y una ciencia del análisis del costo-beneficio que no le sirvió para nada
sabía arreglar cualquier cosa echaba todo a perder
no será un vagabundo no será un empresario
tendrá a lo sumo una amante que atenderá sus teorías en silencio y le servirá su café
mi padre que bien merecido lo tiene debe ser un anciano feliz
viviendo en un cuarto en escombros
pavoneando su francés de secundaria
leyendo un nuevo testamento interlinear y sin perder su fe
nunca perder la fe decía
piensa antes de hacer las cosas decía
no seas inútil
no llegarás a tus metas si no crees en ti mismo
ah mi padre perdido ese trozo de carne con la cartera vacía
todos tuvimos alguno

 

MERRICK EN LA PLAYA


los elefantes amamos el mar secretamente
la pesadez ama en secreto lo ligero
y yo amo como un buen elefante de mi tiempo
contradictorio tibio y abúlico
la levedad de las olas del mar que
rompen y
rugen y
giran
su secreto dolor en las rocas
diciéndome tanto
sin que pueda entenderlas

 

LA CENA


sacamos el tenedor y los cubiertos
y bien pertrechados del frío
ausentes de nosotros y los otros
tomamos el miedo lo doblamos
lo cortamos simétricamente en mitades dulces y amargas
miedo de paz / enfermedades /
miedo de un Dios que no alcance /
lo cortamos digo
y enfilamos el pedazo jugoso neuronal de miedo hacia los dientes
salivando felices
tragando ensimismados aquel plato
lamiéndolo como si fuera una perdiz
mientras otros cantaban allá
mientras otros adentro de los cuerpos
pegaban golpes al pecho y a la puerta con pistolas y tubos
clamando que ellos
también
tenían hambre

 

EL SUEÑO


soñó que enterraba a su madre
en el jardín de los abuelos
donde se daban manzanilla
y alcatraces blancos como nubes
tras una maceta rojiza
fría y tan hermosa
soñó que guardaba el secreto
y todos se acercaban y besaban
y coronas de flores y discursos para un féretro vacío
mientras el puñado de tierra caía
y los rezos de madera
y las lágrimas
él estaba tranquilo en paz
con una mano en el bolsillo
su madre no estaba allí
ni sus pies ni sus manos ni sus ojos
la había enterrado lejos
muy lejos de la muerte
y de los vivos

 

EL CABO


frente a las escolleras
vio levantarse las olas
como flores levantadas y eléctricas
y entonces entendió que el abuelo
seguiría hablando siempre
del mar
de la casa vieja en la playa
hablaría de los esteros en la tierra de enfrente
saldría del viejo bar 33 inclinándose
como una línea de horizonte que se vuelca
mareada / como vista desde un barco
frente a ese mar que retumbaba en la grisura
el abuelo insultó a las gaviotas
que cagaban muy límpido temblando en el cielo turquesa
y entendió que el anciano
moriría más temprano que tarde
pero no dijo nada

 

GRILLOS


Los cazábamos en medio de las plantas y los poníamos en botellas. Entonces dudo que conociéramos tantas cosas. Conocíamos el espanto, no el rencor; conocíamos el desnudo pero no el deseo de penetrar y destruir el aire extraño en un cuerpo, destruir en el otro los alientos, las palabras que dolían. Soñábamos una caja de música hecha de grillos sonámbulos y aire estival en el Golfo, soñábamos meterla en el cuarto muy lejos y dormir con el sonido de las vidas detenidas, la vida extraviada en el tiempo. Pasamos el día entero con los grillos grandes y pequeños, hablando entre las plantas. Tendríamos seis docenas. Pero mi abuelo tiró el envase a media tarde y aquella noche tuvimos que crecer.

 

 

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